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Monsieur Jacobine

La voz que clama desde "La montaña"

¿Cuando aparece?

¿Cuándo aparece?. Tal vez cuando cierto popular cava catalán anuncia las dos estrellas –equitativamente, con ese seny que parece haber perdido su política, equilibrando nombres nacionales con extranjeros- que formaran parte de su tradicional anuncio. Tal vez cuando un día nos da por levantar la vista y vemos sobre nuestras urbanitas cabezas luces apagadas, lo que les da un tono tétrico, formando las figuras típicas. Acaso cuando nos dirigimos a los grandes almacenes que todo el mundo sabe, donde los interfectos de un blog hermano (más bien hermana) se extasían mirando anuncios pecaminosos, y vemos que ya están montando su aparatosa fachada propia de las fiestas. A partir de ahí es como un tumor que metastetiza, todos los comercios hacen lo propio nevando sus escaparates y adornándolos con muérdagos y demás. ¿Qué más lo anuncia?. El calvo ese que sopla en la tele –y que es el primero en desaparecer el 22 de diciembre, una vez la suerte ha dictado sentencia-, las informaciones sobre quien dará las campanadas en las diversas cadenas y alguna cosa más que seguro se me olvida. Cuando nos damos cuenta ya estamos en ella y obligados a proceder como buenos miembros de nuestra sociedad: cariñosos, tiernos, infantiloides, familiares y dispuestos a engordar el sector de la hostelería con quedadas y comilonas varias. Buen tiempo para desenterrar esas viejas amistades que sólo vemos de Navidad en Navidad.

El otro día tuve yo una visión clara de que se acercaba. Y fue cuando al ir al cine a ver la tediosa cuarta parte de las pijas andanzas de Harry Potter hubo diez minutos, diez, de anuncios previos dirigidos a los reyes de las entrañables fiestas, los niños. Entonces me di cuenta de que allí se unía el sentido de la fiesta: infantilismo propio del filme que iba a ver y pura explotación comercial dirigida al sector más propicio a las peticiones de nuestra sociedad. Esta revelación se confirmó tras dar una vuelta posterior por el centro comercial donde está enclavado el cine. Me encontré con una mesa llena de libros variopintos, desde Pío Moa a Paul Auster. Sobre ellos un cártel. “Regalo práctico”. Pues que bien.

Referencias

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Comentarios

  1. Soy un hombre simple, casi tanto como los organismos objeto de mis investigaciones.

    Por ello, puedo decir sin ambages que la Navidad me gusta. Ah, pecador, qué poco chic eres, Microalgo: lo que pega ahora es decir que todo es una caca transaccional y capitalista... Pero véanlo Sus Mercedes y Sus Gracias desde mi punto de vista: se come mucho, tienes vacaciones (más o menos largas, pero algunos diítas sí que caen), haces regalos (me encanta hacer regalos, denme sólo una excusa) y te los hacen a ti. ¿A qué hacerse mala sangre? ¿No ponían los antiguos sus ramas doradas en la puerta?¿Es malo buscar fechas que sirvan de apoyo en nuestros calendarios internos?

    Puede que los ritos no sean estrictamente necesarios, pero si dan gustirrinín, por mí que se mantengan. Con límites, claro. Nada de sacrificios humanos ni cosas por el estilo, ya sabe Monsieur.

    Feliz Navidad (cuando llegue) y en el año nuevo, con que me quede como estoy, va que chuta.

    Comentario de Microalgo hace 4 años y 49 meses

  2. Pues ya somos dos, estimado Microalgo. A mí también me gusta la Navidad, qué le vamos a hacer. Soy muy consciente de que tiene aspectos deleznables y de que, a poco que se lo proponga, tan entrañable estación es capaz de sacar a la superficie lo peor de cada uno. Pero hasta sus aspectos infames me resultan tiernos en cierto sentido: los comensales patinando sobre una helada superficie de causticidad familiar, las esperas en los aeropuertos, viajar con la familia (glorioso), los atracones suicidas, los niños lobotizados cantando villancicos, las bochornosas cenas de empresa, el Corte Infiel hasta los topes de neurasténicos acelerados... en fin.
    Pero me gusta más allá de todo aquello que me provoca sonrisa perversa: me gusta desayunar carajillo y roscos de vino el día 22, mientras cantan el Gordo; me gustan las chuletas de cordero paulovionas; me encanta (también a mí, sí) regalar y ser regalada: no es una obligación, sino un placer; me gusta escuchar a gente a la que hace tiempo que no escucha; me gusta la sensación de calidez que encuentras en estas fechas en las casas, y los puestecillos callejeros, y las luces por todas partes, y las estrellas, y los rojos y verdes paganos, y los belenes reconstruidos con mimo, y la de leyendas hermosas que se cuentan siempre, y repetir tradiciones siempre iguales y siempre distintas -esa espiral celta del tiempo, pasado presente y futuro en un mismo instante, tan relacionado con el ovillo solsticial que, al fin y al cabo, es lo que se celebra-.
    Me gusta la Navidad, insisto, y soy tan moña que me emociono todos los años al ver al calvo de la lotería. Es más: tengo unos cuantos amigos a los que les ocurre lo mismo. No puede ser una invención tan horrible.

    Comentario de hermanastra hace 4 años y 48 meses

  3. Teneis razón, los dos... si la Navidad en realidad nos gusta a todos, lo que le pasa al querido Mesié Robespierre es que nunca le ha tocado ni la pedrea en la lotería de Navidad.

    Comentario de carrascus replicante hace 4 años y 48 meses


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