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Monsieur Jacobine

La voz que clama desde "La montaña"

Confesiones en el kebab

Al día siguiente de la hamburguesería, R. y yo compartíamos nuestra última jornada en la ciudad. Al mediodía almorzamosg con una amiga que M.J. tiene allí y que apareció a última hora, tras varios intentos infructuosos de localizarla. No había estado allí el fin de semana y me llamó in extemis. Por la tarde, ya solos, comprobé que R. le había tomado el gusto a confesarse. Pero es un agudo observador. Descubrió que yo escucho bien, comento lo que me confían, pero nunca cuento nada de mi. Ideal para estar siempre en los fregados sin comprometerse demasiado. En ese rato, mientras tomábamos café en un céntrico local de la ciudad, me dijo que había intentado ganarse la vida de fotógrafo paparazzi, pero lo dejo porque era una mierda todo ese mundo. Sin embargo, consiguió la exclusiva del reportaje de boda de una conocida cantante por amistad entre su familia y la de la novia, ya que ambos son del mismo pueblo. Con lo que sacó por eso pudo montar el local que ahora tiene.

Todo el día, empero, estuvo amagando con las cosas que me podía contar pero no estaba con ganas, ni posiblemente en disposición, de hacerlo. No lo decía con presunción, sino con una sonrisa triste, como si no estuviera orgulloso de aquellos momentos de su pasado. Por la noche, acudimos a un kebab que está junto a la hamburguesería de la que ya les hablé. No lo recuerdo de años anteriores, así que debe ser nuevo. Otro sitio ideal para picar algo cuando los horarios aprietan. Como habrán sabiamente deducido, no era el turismo gastronómico lo que nos había llevado a la ciudad, precisamente. Allí, mi contertulio decidió hacerme partícipe de otro trozo de su vida.

R. tenía un amigo de la infancia que al crecer se metió en temas de tráfico de drogas. Hizo incluso algunos trabajitos para él, como vigilar en algunas de sus operaciones. Sin embargo, pudo zafarse a tiempo y escapó a un posible destino criminal. Su amigo acabo cumpliendo seis años de cárcel. Su padre se suicido: idolatraba a su hijo, pensaba que era lo mejor del mundo, y el descubrir como se ganaba realmente la vida fue demasiado fuerte para él. Tras salir de prisión, todo el mundo le repudio. Sus amigos, con los que había derrochado sus tristes ganancias en interminables juergas le dieron la espalda, y su familia le echaba en cara la muerte de su padre. Se fue a la Costa del Sol donde empezó a trabajar en temas de inmobiliarias. R. le perdió la pista, pero para su asombro pocas semanas antes de compartir conversación conmigo, se plantó sin previo aviso en su casa. Lo notó con claros síntomas de desequilibrio mental, no sabía si por consumo de sustancias o porque la culpa lo estaba enloqueciendo. Allí le dijo a R. que estaba completamente solo, que nadie le hablaba, que si le importaba verle de vez en cuando. R. le dijo que no, que lo sentía, pero que era el tipo de persona que únicamente trae problemas. El antiguo traficante se dio la vuelta y desapareció como había venido. R. espera sinceramente que sea para siempre.

Aún quedaban restos del kebab de cordero en el plato cuando acabó de hablar. Lo de meterse a hacerle de vigilante lo hizo por amistad, dice él. Una amistad mal entendida. Una amarga lección que más tarde o más temprano hay que aprender en la vida, cuanto estas haciendo favores o cuando se están aprovechando vilmente de ti. R. la aprendió y por eso le echó de su casa, pero no se crean. Cuando narró la parte de la negativa final su mirada bajó a la mesa y su voz se entristeció algo. A pesar de saber que era lo correcto, algo de la vieja amistad me dio la impresión de que aún pululaba, y posiblemente se sintiese algo traidor.

No hubo más charlas con R. A la mañana siguiente nos dispersamos cada uno a su casa y dejamos la ciudad. Lamenté dejar esas intensas conversaciones a la hora de una cena rápida. Pero puede que haya más en el futuro. Tal vez siga asombrándome con su vida.

Referencias

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Comentarios

  1. Por lo visto, R. igual que su ex-amigo traficante, también necesitaba alguien con quien hablar.

    Por cierto, conozco a un sujeto que firma así: R., sólo la inicial y un punto. ¿Será sobre quien usted escribe? Por lo que sé de su trabajo, no.

    Comentario de lanavajaenelojo hace 3 años y 44 meses

  2. Las huídas son siempre vergonzosas, aunque sea para salvar el propio pellejo. No me cabe duda que su amigo R. hizo lo correcto, pero es normal que no pueda evitar sentirse amargo. Así son las cosas: no siempre podemos tener a mano una opción perfecta y entonces hay que elegir, de entre las posibles, la menos mala. Y vivir con ella a cuestas.

    Comentario de Microalgo hace 3 años y 44 meses

  3. Pues no, mi buñuelana amiga, su R. no tiene nada que ver con mi R. Su nombre ni siquiera empieza por esa inicial. Ya sabe, los nombres han sido cambiados para preservar la intimidad de sus protagonistas, como en los telefilmes malos.

    Comentario de M.J. hace 3 años y 44 meses

  4. Mr. Jacobine... si sigue así, va a reunir historias y anécdotas como para tumbar a Almudena Grandes.

    Comentario de hermanastra hace 3 años y 44 meses


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