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Monsieur Jacobine

La voz que clama desde "La montaña"

Conspiracy



Anoche trasnoché para ver en la 2 un film, que me mandó a la cama a eso de las 4 y media, aprovechando el relajo propio de estos días de Semana Santa. Sí, podía haberlo grabado, pero luego el truco es sacar tiempo para verlo ahora que me esperan muchos visionados digamos profesionales. Así que a las bravas me quedé ante el televisor. Y la verdad es que mereció la pena.

El film en cuestión es Conspiracy, traducido en español como La solución final. Es en realidad un producción de televisión de lujo de la HBO, con actores como Kenneth Branagh, Stanley Tucci y Colin Firth, que miren por donde estaba hasta bien, pues M.J. ha de confesar que es una de sus bestias negras cinematográficas, siempre con la cara de cabreo permanente. Conspiracy recrea la conferencia de Wansee celebrada el 20 de enero de 1942, donde un grupo de burócratas representando a diversos organismos del III Reich decidieron dar carpetazo a la cuestión judía mediante el gaseamiento masivo de los hijos de Abraham. Hay otro telefilme alemán de 1984 sobre el mismo tema que recuerdo como bastante bueno. Dada la naturaleza de lo que se iba a tratar no hubo actas de la reunión. O mejor dicho, sí, con la instrucción de que fuesen destruidas. Pero uno de los asistentes dejó la suya en algún archivo de donde fue rescatada por los aliados tras ganar la guerra. Gracias a eso podemos saber más o menos lo que pasó allí.

La conferencia de Wansee merece pasar a la historia universal de la infamia de Borges. Es el evento donde queda mejor reflejado el carácter burocrático criminal del régimen nazi. Allí se habló de cómo eliminar judíos con el desapasionamiento con el que se puede tratar el número de muebles que hacen falta para decorar una casa recién comprada. Nadie vio el aspecto moral de un genocidio, sino sus aspectos prácticos. Trenes necesarios, como optimizar recursos a la hora de eliminar el máximo número de gente posible con el menor coste, etc. En realidad, la reunión estuvo trucada desde el principio, pues los anfitriones Reinhard Heydrich y Adolf Eichmann, ya lo tenían todo decidido y la cosa era que los demás entraran en vereda, imponiéndoles los hechos consumados pero llevándoles con habilidad hasta ellos, usando el peso de sus uniformes de las SS.

Heydrich era uno de los tipos más brllantes de la cúpula nazi. A la sazón dirigía todo el aparato represivo alemán, lo que dadas las características policiales del III Reich le daba un gran poder. Inteligente, carismático y despiadado, cuando seis meses después de Wansee fue asesinado por un comando de la resistencia checa muchos suspiraron de alivio en Berlín. Según algunos era el único de sus subordinados al que Hitler temía. Jugando a la historia ficción, no sabemos que hubiera pasado de haber estado Heydrich vivo en la fase de descomposición del régimen. Era el único con los resortes y la personalidad necesarias para haberse opuesto al Führer y haber dado un golpe de estado con las garantías necesarias. Era un buen violinista y daba conciertos de aficionado. Puede que Theodor Adorno –el legítimo, no nuestro incisivo y siempre bienvenido comentarista- pensase en él cuando dijo lo que la lección de Auschwitz es descubrir que un hombre puede leer a Goethe, emocionarse escuchando a Beethoven, y levantarse a la mañana siguiente, ponerse un uniforme y echar una jornada laboral gaseando judíos. Branagh lo interpreta con talento, haciendo un elegante, cordial e inflexible hijo de puta. Su Heydrich tiene el punto de superioridad de saberse más brillante que sus invitados y la seguridad de estar protegido por los príncipes de las tinieblas del nazismo. Nunca tiene que levantar la voz para imponerse. Una vez que uno de sus invitados le planta cara sólo tiene que recordar rápidamente de quien depende su autoridad para acallarlo. Cuando uno de los más reacios –aunque luego pasa por el aro- de los presentes en Wansee dice que el Führer en persona le aseguró que no habría eliminación física de los judíos, Branagh le dice que eso es exactamente lo que seguirá asegurando. Y pone una indefinible sonrisa, que puede querer decir “me caes simpático” o “cómo saques los pies del plato te machaco”. Luego a otro de los problemáticos lo saca al jardín y le dice como si la cosa no fuese con él: “las SS se están quedando con todo, sería una lástima que le pusiesen una marca por haber sido tibio”, mientras exhibe de nuevo la sonrisa. Una muestra de cómo las burocracias saben distanciarse del proceso de residuos que generan a veces, flotando por encima. Recordar la legendaria frase de Francisco Franco “a mi primo lo fusilaron los nacionales”.

Junto a él, Adolf Eichmann, muy bien encarnado por Stanley Tucci. Eichmann era un funcionario eficiente que hizo acuñar a Hannah Arendt la famosa frase “la banalidad del mal”, referida a él. Eso fue cuando descubrió que el cerebro del Holocausto tras la muerte de Heydrich era un aplicado burócrata sin especial relieve que podía haberse dedicado a fabricar tornillos si sus jefes se lo hubiesen pedido. Así se demostró que para los grandes genocidios no son necesarios psicópatas ni villanos jamesbondianos, sino gente corriente que obedezca órdenes. Tucci da este registro con brillantez. Su Eichmann es solícito, siempre a la sombra de su brillante jefe, casi un mayordomo más que un alto cargo. Él controla el catering de la reunión y al principio, cuando en un descuidado libro de firmas uno de los primeros llegados escribe su nombre, destruye la hoja y manda retirar el volumen. Al final se queda él con las actas del taquígrafo para maquillarlas convenientemente. Semper fidelis. Eichmann consiguió refugiarse en Argentina tras la guerra, pero en 1960 un comando del Mossad lo secuestró y lo llevó a Israel, donde fue juzgado y ejecutado.

Ambos, Heydrich y Eichmann, llevan la reunión con habilidad. Uno de los principios de la burocracia, sea democrática o totalitaria, es que cuando haya desagradable que decir, mejor provocar que lo suelte otra persona. El dúo dinámico van sacando los temas de que hacer con los judíos eliminando opciones, y dejando abierta sólo la más ominosa pero sin mojarse. Hasta que uno de los SS presentes pica: “¿Qué entendemos por evacuación?. En Riga matamos a 30.000 judíos. Es importante saber que significan las palabras. ¿Evacuamos en el sentido de Riga?”. A partir de ahí puede caer ya el telón y hablarse sin tapujos de la solución final.

Al final, Heydrich cuenta a algunos de los presentes una anécdota que le ha confiado uno de los reacios en principio al Holocausto. Había una vez un niño que adoraba a su madre, que lo cuidaba y mimaba, y odiaba a su padre, que lo maltrataba. Cuando el hijo estaba por los 30 años, murió su madre, y para su sorpresa, a pesar de lo que la quería, no derramó ni una lágrima. Cuando cumplió 50 le tocó a su padre, y a pesar de lo mal que se llevaba con él se secó llorando. ¿Moraleja?. Lloraba porque toda su vida había girado en torno al odio a su padre y ahora que había muerto no tenía ninguna razón para seguir adelante en el proceloso camino de la vida. Eichmann, que no debía ser muy listo, pregunta cual es el sentido del cuentecillo. Heydrich, que por algo es el jefe, dice que el que se lo ha contado cree que el nazismo puede quedarse vacío como el protagonista de la historia cuando extermine a los judíos. El jerarca nazi vuelve a lucir su ambigua sonrisa, que esta vez puede querer decir: “Se lo que significa, pero me importa tres carajos”.

Y no andaba desencaminado. El desolador recuento final de que fue de cada uno de los presentes en Wansee deja claro que pocos pagaron con la cárcel o en la horca su responsabilidad en el genocidio judío. Uno de ellos, por ejemplo, tras un breve período de cárcel se dedicó a ser asesor fiscal. Que hermoso poder reciclarse en la vida y pasar de exterminar personas a ayudar a los autónomos de Renania a desgravar el IVA. Cuando apagué el televisor, en el silencio de la madrugada, tuve una idea inquietante. Pensé en una reunión del departamento de recursos humanos de una empresa y que sus reuniones no debían ser muy disímiles, aunque por ahora se conforman con despedir gente y no mandarles a Treblinka. Aunque la lección de la película es que dar ciertos pasos en determinadas circunstancias no es muy difícil.

Referencias

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Comentarios

  1. Hace algún tiempo estuve en un curso de ecotoxicología en Bilbao. Allí conocí a una chica croata, Lorena. Mientras nos tomábamos un café a la sombra de la estatua de Unamuno, planteaba yo que me daba la impresión de que la civilización (occidental) había llegado a unas cotas, en ciertos países, en las que una guerra abierta se me antojaba imposible. Pensaba, claro, en España. No veía yo a los españoles dispuestos a pegarse tiros por ninguna causa conocida. Esta chica me sacó del error.

    "Imagínate que estamos tomando un café, como ahora, y que de pronto ese edificio salta por los aires. Pues exactamente así comenzó la guerra para mí."

    Entonces descubres que el vecino que no hablaba mucho rato con nadie (pero que era amable con todo el mundo) se puede poner una camisa negra e ir fusilando gente por ahí, sobre todo a esos a los que él debía dinero. Y descubres que si quieres matar a alguien sólo tienes que gritarle "¡SERBIO!" delante de gente armada. Y que los serbios tienen ganas de borrar a toda tu gente de la faz de la tierra, porque hace seis décadas (que nos es nada), los ustachas croatas masacraron, en connivencia con los nazis, a los serbios, que eran ortodoxos y no católicos, cargándose (la historia olvida rápido) a cerca de un millón de serbios, tras torutrarlos. Fueron tan salvajes en sus torturas que el propio Heydrich, al que cita Monsieur, llegó a espantarse (http://yugoslavia1918.iespana.es/stepinac.htm).

    Somos una generación que no ha conocido la guerra. Tenemos suerte, Moniseur. Con lo blanditos que somos, no sé si soportaríamos algo así sin volvernos majaras.

    Gracias por su post: sería Usted un docente insustituible.

    Comentario de Microalgo hace 3 años y 44 meses

  2. Sí, apasionado docente han perdido las aulas, vive Dios.
    Me ha hecho esbozar una sonrisa su comentario final sobre el departamento de recursos humanos de cualquier empresa, Monsieur. Yo también vi la película y, ¿sabe a quién me recordó Kenneth Branagh/Heydrich? Al jefe de recursos humanos del lugar en que trabajo. Se lo digo con conocimiento de causa, pues he estado en varias reuniones comité-empresa. Obviamente, se trata de un Heydrich de tercera. Su sonrisa y su pausado gesto de superioridad se notan impostados: no cuenta -como muy bien apunta usted- con la carta blanca de los superiores y creo que, en el fondo, se sabe inferior a muchos. Por tanto, la mayor parte de sus posturas resultan forzadas, melladas por la inseguridad o por el temor a tener que acatar luego una contraorden. Sin embargo, y eso es lo interesante, el espíritu y la actitud son muy parecidos -de hecho, una vez en la que seguí diciendo insensateces, pero con la sonrisa puesta y el tono quedo, el tipo perdió los nervios. Se lo copien. Es una estrategia que parece funcionar ;-) -.

    Comentario de hermanastra hace 3 años y 44 meses

  3. El comentario de la ciudadana Hermanastra es interesante, pues hace pensar en que el camino inverso puede ser recorrido. Si uno de los de Wansee acabó siendo asesor fiscal ¿Qué impide que un jefe de recursos humanos acabe planificando holocaustos?. Nunca he tenido el morboso placer de enfrentarme a ese Grüppenführer de personal que cita Hermanastra, pero por lo que se de él seguro que de darse las circunstancias objetivas daría el paso. Porqué la base psicológica para ello ya esta sembrada.

    En un interesante libro sobre la Conferencia de Wansee (“La villa, el lago, la reunión”), Mark Rosenman habla de que otro holocausto es posible, como producto del estado burocratizado. Alguien en algún despacho decide hacerlo y la responsabilidad se va diluyendo en la cadena de mando hasta llegar a los ejecutores. Curiosamente, del mismo modo que la administración pública va adquiriendo caracteres de la empresa privada, con la política de hacer cada vez menos funcionarios y precarizar a sus empleados, las empresas privadas son las que están adquiriendo hábitos de las burocracias totalitarias. Me refiero a la creación entre los propietarios y el personal de a pie –ayudado por la concentración del capital y la fusión de las firmas, que crean grandes empresas- de cargos intermedios que hacen de colchón y hacen que la responsabilidad de echar a varias docenas a la calle se pierda en los rincones del organigrama, con esos ejecutores directos que son los departamentos de recursos humanos. Y es que de la misma manera que algunas cosas inventadas por los nazis son hoy en día aplicadas sin cargo de conciencia por las sociedades y políticos actuales, verbigracia la propaganda moderna y las políticas de juventud, hay que plantearse si no fueron Hitler y sus cachorros los que crearon los recursos humanos.

    Un último apunte sobre la muerte de Heydrich. En realidad el comando de la resistencia checa lo hirió y en el hospital se recuperaba satisfactoriamente. Pero una extraña septicemia acabó con su vida. Algunos piensan que en realidad fueron sus propios compañeros de partido, en especial su jefe Heinrich Himmler, los que lo despacharon ante el poder que estaba adquiriendo.

    Comentario de M.J. hace 3 años y 44 meses

  4. Se me olvidaba: para completar el revelador enlace puesto por el ciudadano Microalgo, decir que cuando el avispero balcánico empezó a agitarse en los años 90, parte de él fue a causa del rápido reconocimiento por parte de Alemania y El Vaticano de la independencia de Croacia. ¿Quién dijo que la Historia no se repite?.

    Comentario de M.J. hace 3 años y 44 meses


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