Sueños de hamburguesa: la desventurada historia de Samuel J. Bike
Monsieur Jacobine - 17-06-2006 15:22:17 | Categoria: Historiadas
Samuel J. Bike debería pertenecer a la mayoría silenciosa que tanto le gustaba a Richard Nixon. Eso significaba formar parte del pelotón de buenos ciudadanos que sirven una temporadita en los marines, buscan un empleo, se casan, tienen hijos, votan a los candidatos más conservadores porque garantizan la ley y el orden y envejecen pensando que viven en el mejor de los países posibles. El precio de esa felicidad es no hacerse demasiadas preguntas existenciales. Después de todo el formar parte de una mayoría silenciosa no es muy diferente a formar parte de una mayoría ruidosa. Sólo hay que tener espíritu gregario, sea para camuflarse en ella, sea para desfilar con un uniforme pardo.Y digo que nuestro protagonista debería pertenecer a tan silencioso grupo porque a pesar de sus desesperados esfuerzos no lo consiguió. Y eso que lo deseaba con todas sus fuerzas. Es una de las cosas más tristes del mundo, intentar cumplir los standares sociales del momento sin estar preparado para ello. Como ver a un patoso luchar desesperadamente por bailar un tango cuando la naturaleza no le ha dotado para ello. El señor Nixon no previó lo que pasaba con los excluidos de su mayoría silenciosa. En una dictadura es más fácil, o te enchironan o te conviertes en refugiado político. Pero cuando se trata de integrarse en una sociedad teóricamente democrática y abierta, que pasa si no lo consigues. Y no me refiero a los marginados oficiales, pobres y demás, sino a los tipos que intentar desesperadamente seguir las normas sin lograrlo.
La olvidada historia de Samuel J. Bike ha sido recuperada en estos días en nuestro país merced a la película El asesinato de Richard Nixon. Era el típico tipo al que todo sale mal. Casado con tres hijos, su mujer acabó dejándolo y se fue con otro sin decirle a donde iba, de lo harta que estaba de él, plantándole además un divorcio manu judiciali que él no deseaba. Trabajaba de vendedor de muebles, algo que parece muy sencillo, pero que en Estados Unidos es toda una filosofía. Ya se sabe, hay que llamar al cliente por su nombre y todo eso (“¿Qué le parece el sofá, Frank?”. “¿Puedo llamarle Frank, verdad?”. “Escuche, Frank, veo que es usted un tipo honrado y le haré lo que no hago con nadie, un descuento del 10%”). En fin, que Estados Unidos es un país de comerciantes y hasta el más pequeño vendedor es un artista en lo suyo. Aunque el inciso es obligado. ¿Qué pensarán los jefes de nuestro desventurado protagonista si viven hoy en día viendo Ikea y otros templos del mónteselo usted mismo? .
En fin, volviendo al tema, Bike, Samuel J., era poco sociable, y eso de dar coba a la gente colocándole muebles no se le daba muy bien. Pero nuestro desventurado personaje tenía sueños. Un americano sin sueños es como un jardín sin flores. No sé ahora mismo quien dijo que el secreto de América es que siempre necesita una frontera para justificarse. Lo malo es que pasados los tiempos de Daniel Boone internándose en los bosques de Kentucky las fronteras están allende las fronteras, por ejemplo Vietnam o Irak. Pues bien, el sueño de Bike era montar su propio negocio de neumáticos. Llenar un autobús de ruedas e ir a donde el cliente las necesitase, en vez de tener que ir al taller. Tal vez en Europa los sueños de la gente sean escribir algo equivalente a Guerra y paz o retirarse a un balneario a las montañas, pero en Estados Unidos los sueños no pasan el nivel de las hamburguesas.
Pero ni siquiera este modesto sueño pudo cumplirse. El banco al que pidió un préstamo lo rechazó –¿No era América la tierra de las oportunidades, en la que bastaba un apretón de manos, etc-¿- y decidió engañar a un proveedor que conocía de cuando Bike trabajó con su hermano, que se dedicaba al mismo gremio de los neumáticos. Pero por supuesto le pillaron y eso le costó que la única familia que le quedaba le dejara de hablar. Sin trabajo, sin mujer, sin hijos, nuestro protagonista estaba definitivamente expulsado de la mayoría silenciosa del presidente Nixon, pero entonces concibió su proyecto más grandioso. De alguna manera se mentalizó de que el inquilino de la Casa Blanca, que por aquella época –primeros de 1974- ya sentía el agua del Watergate llegarle al cuello, era el mayor tramposo del mundo -¿qué hubiera pensado Bike de haber visto el show de las armas de destrucción masiva de Bush Jr.?- y decidió eliminarle. El cómo iba a hacerlo fue una gran innovación que en su tiempo no llamó mucho la atención pero que otros iban a usar en el futuro con más éxito: secuestrar un avión y estrellarlo contra la Casa Blanca.
Pero Samuel J. Bike fue fiel a su propia y triste leyenda y obviamente no lo consiguió. Fue abatido por la policía en el propio avión y ahí acabó su desventurada historia. La pequeña lección es que en sociedades que tienen tan marcado sus standares de éxito, los tipos que no lo consiguen pueden convertirse en células cancerígenas que se remueven contra el sistema. Bike fue fiel al individualismo americano y se convirtió en un tirador solitario, pero en otros sitios los tipos como él pueden arremolinarse en torno a una, pongamos, esvástica, y liarla. Nunca se valora lo suficiente el odio como fuerza de la Historia.
Lo mas significativo, empero, es que Bike no pasó a la historia del gótico americano. Su tentativa, que en su momento pareció absurda, pero que 27 años después fue usada con éxito contra las Torres Gemelas, no mereció mucha atención. Cuando el desastre de Nueva York se recuperó ligeramente su figura como la de un precursor del horror, pero ahí quedó todo. Nuestro personaje no tuvo la suerte de los asesinos de A sangre fría y no hubo un Truman Capote que lo cantase y al menos lo convirtiese en un ejemplo de la pesadilla americana. Desgraciado hasta el final. Eso sí. Al menos, dos años después de su desventurada aventura, el protagonista de la contundente Taxi Driver de Martin Scorsese, que hablaba de otro aislado de la mayoría silenciosa que mutaba en asesino, se llamaba Travis Bickle. Algo es algo.
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Siempre al loro para leer sus posts, Monsieur.
Estrellar un avión contra la Casa Blanca o pegarle un tiro a un ex-beatle... en este caso todo es uno. ¿Tan zafia es la educación estadounidense? ¿O es que son muchos y tiene que haber "gente pa tó"?
El peor insulto que se hacen los suecos es "eres un botas sucias". Creo que el peor insulto que se hacen los estadounidenses es ese "you, looser", que tan mal traducido queda siempre en las películas ("eres un perdedor", cuando se adecuaría más el "eres un fracasado". No debe ser eso más que una falta de filosofía de fondo... la vida es como una competición de salto de altura: siempre acaba uno tirando el listón y cayéndose al hoyo que hay detrás. Lo bueno es saltar lo más arriba que uno pueda... y lo más limpiamente posible, claro. Visto eso, no hay más remedio que convivir con el fracaso (con LOS fracasos, laborales, familiares, sentimentales), apretar el culillo y tirar para adelante. Eso hacemos en el Mediterráneo, supongo. Eso es lo que parecen no saber hacer en un país donde en las películas, al final el bueno se lleva a la chica y el malo se cae desde un andamio. Otra realidad les resulta insoportable.
Federación de estados (por no decir "país").Comentario de Microalgo hace 3 años y 42 meses
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Gran historia. El caso de un personaje empecinado en actuar contra su propio destino: dedicarse al comercio más burdo sin tener dotes de fullero y, aún así, arriesgarse luego a engañar a otros, o concebir un plan rocombolesco que ni siquiera era original en su propósito: ¿qué podía hacer uno para llegar a tener renombre en esos días? A ver, a ver... matar a Kennedy, digo, bueno, mmm... a Nixon.
Es fácil ver, en fin, que Bike era un tipo que rehuía de sí mismo y de su humilde (quizá gris) naturaleza -¿'Neumáticos Bicicleta'? ¿Cómo pretendía ese hombre hacer negocio? La gente debería ser consciente de sus limitaciones-.Comentario de hermanastra hace 3 años y 42 meses
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El problema es que el ser humano vive de una serie de ideales que rara vez se cumplen. Justicia, paz, amor, estabilidad, seguridad y unos cuantos etc. Algunos acaban aceptando el bluff y se integran en el mundo como pueden, otros se convierten en Billy Wilder y los últimos lo llevan fatal y se convierten en Bike o directamente se suicidan física o socialmente. Tal vez si cada uno buscase su camino a la felicidad sin oír los cantos de sirena que imponen los standares de cada sociedad le iría mejor, pero hay dos cuestiones. En medio del tráfago y del bombardeo de slogans, no sólo publicitarios (vibra con la selección, cree que Rocío Jurado era la más grande, si no tienes pareja no eres nadie) es difícil que muchos se paren a pensar que es lo que quieren en realidad. Y si lo decides, en esta sociedad que teóricamente premia la iniciativa individual puedes pasarlo muy mal si tu camino no es el oficial. En fin, un problema demasiado complejo para un modesto autocomentario en un blog.
Comentario de M.J. hace 3 años y 42 meses