18 de julio
Monsieur Jacobine - 22-07-2006 20:01:46 | Categoria: Historiadas
Mi madre tenía cuatro años cuando empezo la guerra civil. Estaba en un pueblo de Sevilla, pero pronto la familia –papá, mamá y seis hijos, de la cual mi progenitora era la más pequeña- se tuvo que trasladar forzosamente a Espiel, un pueblo al norte de Córdoba. Mi abuelo era ferroviario y lo mandaron allí a sustituir al jefe de estación, del que nunca supo que fue. Desapareció en la vorágine de aquel verano de horror, tal vez huido, tal vez represaliado, tal vez fusilado. Córdoba capital quedó en los primeros días de la guerra en el bando sublevado y pronto atacaron la comarca del norte, zona de sierra y minas que tenía en Peñarroya su villa central. La ofensiva sobre este pueblo fracasó, así como una republicana a las órdenes del general Miaja, el tipo que aquel otoño se haría famoso parando al ejército de África a las puertas de Madrid. La consecuencia fue que el frente se estabilizó en aquel territorio hasta el final del conflicto. Espiel quedó tras las líneas franquistas pero no a mucha distancia de las trincheras que duraron casi tres años.Podía haber sido un destino cómodo, pero Espiel era núcleo ferroviario y fue blanco de los ataques aéreos republicanos. Antes que en Londres y en Berlín, mi madre supo lo que era dejarlo todo y salir corriendo al refugio antiaéreo que su padre –mi abuelo- había improvisado en el huerto de la casa a la que tenía derecho como jefe de estación. Un agujero en el suelo cubierto de ramas. Los bombardeos dejaron huella en mi madre. Setenta años después, convertida en un anciana, tiene que cambiar de canal cada vez que aparece un ataque aéreo en una película o en un noticiario. Demasiados malos recuerdos.
El peor de ellos es un día que todos corrieron al refugio y la dejaron a ella detrás. Asustada, solo pudo pegarse a la pared y vio como una bomba caía demasiado cerca. Tanto, que al acabar la alarma todos corrieron hacía la casa pensando que había saltado por los aires. Mi madre sintió el impacto de la onda expansiva y se deshizo en lágrimas, aunque milagrosamente quedó ilesa. Años más tarde, su hijo, el que le salió algo jacobino, se barrunta que la inseguridad básica que la mujer ha mostrado toda su vida puede derivarse de aquella cercana explosión. Sin embargo, su recuerdo más vívido de aquel día es otro. El de una mujer que perdió su burrilla en aquel ataque. Un trozo de metralla segó limpiamente el cuello del animal. Su desventurada dueña, que lo había dejado solo en el camino para guarecerse de las bombas, lloraba desconsolada. Usaba a la burrilla para trasportar y vender cántaros de leche de oveja que su marido ordeñaba, y ahora su modesta economía se había visto irremediablemente dañada.
Otro día duro en Espiel fue aquel en que un tren descarriló al salir de la estación. Fue un accidente, pero al militar al mando se le metió en sus legionarios cojones que era un sabotaje de los rojos. Como no tenía a quien culpar, se le ocurrió descargar su ira en el jefe de estación, al que metió un día entero en una habitación amenazándolo de fusilamiento. Al final se le paso el cabreo y lo puso en libertad. Pero mi madre recuerda a toda la familia llorando y suplicando a la autoridad competente, militar por supuesto, por la vida de mi abuelo, que estuvo amenazada en otra ocasión. Una noche, unos soldados que pasaban hacia el frente entraron en el modesto corral que poseía y saquearon las pocas gallinas que allí había. Mi abuelo, hombre de bronco carácter, estaba decidido a salir y enfrentarse a los ladrones, algo que evitaron entre nuevos lloros su mujer y sus seis críos. Como se ve, en las guerras, no sobran las lágrimas. Lo irónico es que al acabar la guerra el jefe de estación recibió una medalla por sus servicios de ese mismo ejército que estuvo a punto de fusilarlo. Yo tenía 11 años cuando murió el padre de mi madre y les juró que nunca vi la condecoración. De hecho me enteré de su existencia mucho después. Creo que ahora la tiene su hija mayor. No debía de sentirse muy orgulloso de ella, después de todo lo vivido.
Aunque vivir en una estación de tren tenía sus ventajas. De los convoyes con suministros siempre el jefe podía escamotear algo para su prole, lo que resultaba fundamental en aquella España azotada por la carestía bélica. Aunque mi madre vio la primera sangre de su vida en los trenes de heridos que venían del cercano frente cuando alguna vez que otra los generales decidían sacudirlo en vano. De uno de ellos, cuando le quedaban pocos días para convertirse en una señorita de siete años, llegó la ansiada noticia de que Franco había entrado por fin en Madrid y aquella locura había acabado. Aunque era demasiado chica para entender que no empezaba la paz, sino cuarenta años de victoria.
En estos días que se conmemora el inicio del mayor fracaso que hemos tenido como colectividad me ha parecido pertinente traer a colación este puñado de recuerdos familiares, a guisa de homenaje. No sólo a mis ancestros y a lo que vivieron, sino a todas esas gentes que sin comerlo ni beberlo se ven obligados a tragarse una guerra. Gentes que no entienden de grandes causas, sino que ven como las bombas caen demasiado cerca o les matan sus burrillas con las que se ganan cuatro duros para ir tirando. Va por ellos.
Comentarios (8) - Referencias (0)
Referencias
Comentarios
-
Supongo que cada persona es una historia en tiempo de guerra.
Hace años me operaron de una fístula sacro-coxígea (suena a eclesiástico, pero está más bien cerca del culillo). La tuve yo, la tuvo mi padre y la tuvo mi abuelo paterno. Ese defecto es, por otra parte, una selección positiva en la línea genética. A mi abuelo se le abrió la fístula estando ya en Melilla, cuando su regimiento partía para el Rif. Lo devolvieron a Málaga para que lo operaran, y de su regimiento no regresó ni un solo soldado.
Luego, durante la guerra civil, estuvieron a un pelo de fusilarlo por negarse a participar en un pelotón de fusilamiento. Se salvó porque medio Almería lo apreciaba mucho, y a las autoridades tampoco les convenía ponerse a malas con tanta gente.
A mi otro abuelo, el materno, estuvieron a punto de tirotearlo por la espalda porque no hizo caso a un alto que le dio una patrulla. Mi abuelo Germán era sordo desde los siete años.
A veces me da la impresión de que cierto escritor de gran renombre, que fue corresponsal de guerra, desprecia a esa parte de la humanidad que no hemos aprendido de cerca qué es una guerra.
Que no nos desprecie. Que nos envidie.Comentario de Microalgo hace 3 años y 41 meses
-
Muy bonito homenaje.
Comentario de lanavajaenelojo hace 3 años y 41 meses
-
Que vaya por todos, Mesié Jacobine, me uno al homenaje.
Cuando yo era pequeño (hace ya la tira de años) tenía un rincón en mi casa que era mi preferido. Se trataba del ropero del cuarto de mis padres. En su interior estaba algo parecido a "un tesoro"... creo que de niños todos hemos tenido alguno. Algo que nos atraía y nos enviaba la imaginación a lugares o tiempos distantes.
Mi tesoro era una mochila de soldado que en su interior guardaba muchas cosas bonitas y atrayentes. Había fotos en blanco y negro y en sepia de personas jóvenes que yo no conocía, pero que se parecían a mis tíos, a mis abuelos; había monedas antiguas en las que salía un tal Amadeo y que brillaban como la plata; había cartas de esas que todavía tenían la cruz y la raya al principio y al final de ella, y que iban dirigidas a un tal Manuel que tenía los mismos apellidos que mi padre y mis tíos, pero al que yo no conocía. Había corbatas, pañuelos, una pajarita... e infinidad de cosas que ya he olvidado.
Todo lo que había en el interior, al igual que la propia mochila, no es que estuviese reluciente y en buen estado; presentaban muchos descosidos, agujeros, trozos sueltos. Lo que más me llamaba la atención de todo aquello era que a la mayoría de las fotos y los sobres de cartas les faltaba el pedacito de arriba de la derecha.
Con el tiempo, y las cosas que poco a poco me fue contando mi padre, supe que mi tesoro era la mochila que llevaba colgada mi tío Manolo cuando le acribillaron a balazos en algún frente perdido en alguna Sierra en 1936... lo que más me impresionó no fue saber lo que las balas le habían hecho a mi tío, al fin y al cabo nunca le conocí, sino lo que éstas le habían hecho a los sobres y a las fotos cuando atravesaron su cuerpo.Comentario de carrascus replicante hace 3 años y 41 meses
-
Mi abuelo materno fué alcalde socialista, ese fué su delito.
Se lo llevaron detenido a Burgos al terminar la guerra para hacerle un juicio del que de antemano ya lo consideraban culpable.
Sus huesos andan vagando por no sabemos donde. Lo fusilaron.
Sus huesos...porque él siguió vivo en la memoria de sus siete hijos, el octavo, una niña de tres años murió de pena al perder a su madre fusilada tambien después de años encarcelada solo por ser la esposa de aquél alcalde, las hermanas de ella encarceladas, los tres hermanos fusilados, sus dos hijos mayores (mis tios) con doce y catorce años encarcelados junto con un primo tambien de esa edad.
Cuanto horror dios mio les tocó vivir.
Yo tambien guardo un tesoro señor Carrascus, algunas labores que tejió mi abuela en la carcel, mi nombre que heredé de ella y una foto de mi abuelo, el único hombre al que he llegado a admirar en toda mi vida plenamente, no por ser fusilado si nó, por lo que conozco sobre la trayectoria de su personalidad hasta su muerte con 44 años.
Por ellos y por todos...
Comentario de Sérilan hace 3 años y 41 meses
-
Y recordemos también, por favor, a tanto talento muerto en la guerra (y en la post-guerra). Mucho se ha hablado de Lorca, y me parece bien que no se olvide.
Poco se ha hablado de Muñoz Seca, sin embargo. Parece que cuando cambian las corrientes políticas queda mal hablar de unos asesinatos y bien de otros.
No sé si es apócrifa, pero se cuenta la anécdota (tristísima pero plausible) de que momentos antes de que fueran a fusilarlo, Pedro Muñoz seca fue expoliado de todas sus pertenencias por los milicianos encargados de asesinarlo (reloj, anillos...). Él, muy estoico, muy del Puerto de Santa María, parece que dijo:
- Hay algo que nunca me podréis quitar.
- ¿El qué?
- Pues el miedo que tengo en el cuerpo.
Genio y figura. Con un par.Comentario de Microalgo hace 3 años y 41 meses
-
Tremendas historias, todas ellas.
Mis dos abuelos eran del bando ganador así que yo, en comparación, he sido siempre la Pasionaria de mi familia. En casa, cuando era pequeña, contaban historias truculentas de asesinatos de curas a culazos de fusil y quemas de conventos. Sin embargo, todo ello me ha conmovido siempre muchísimo menos que los sucesos que implicaban burrillas y libros agujereados.
Pero sí hay cosas que contar, claro.
Mi abuelo paterno se negaba siempre a disparar en combate y, al final, terminaron encarcelándolo por deserción. En calabozo, se las ingenió para hacer un tampón de tinta con el tacón de la suela del zapato. Con ella, selló un absurdo documento autografiado. La falsificación debió ser digna de la TIA pero aún así, no sé cómo, coló. Y mi abuelo se salvó.
A mi abuela paterna -que era temible- yo nunca le conocí otro color que el negro. Prometió, si mi abuelo salía con vida, llevar luto toda su vida. Y lo cumplió, vive Dios. Yo nunca he llegado a comprenderlo, y al fin casi lo vi como una metáfora de los tiempos tan tristes, de la mentalidad tan oscura que se vivió aquí durante cuarenta años.
Nunca entendí aquel luto de victoria. Un voto por la vida de la persona a la que amas no habría de implicar amargura.Comentario de hermanastra hace 3 años y 41 meses
-
Muy buenas aportaciones la de todos ustedes. Creo que estos apuntes demuestran mejor que los libros de historia lo que significó aquel horror denominado Guerra Civil. Y es que como en todo, hay dos realidades en los conflictos. La de los políticos y la de los generales que luego salen en las enciclopedias y escriben sus recuerdos y los de la gente corriente y moliente, que sufren las consecuencias. Esos en los que nadie piensa en los despachos de los presidentes y las salas de los estados mayores. Gracias por su participación, han enriquecido mucho el post.
Comentario de M.J. hace 3 años y 41 meses
-
Pues ahí va una más.
Mi abuelo materno estuvo encarcelado nueve años por ser o estar en contacto con los masones. Mi abuela llevaba a pasear a mi madre (con dos añitos, no la volvió a ver hasta los once) por delante de la antigua carcel real para que su padre, mi abuelo, la viera por la ventana como iba creciendo. Hasta que lo mandaron a Carabanchel.
Con diez años mi madre enfermó del hígado y estuvo con un pie aquí y con el otro en el otro barrio, y mi abuelo pidió permiso para poder despedirse de su hija, a cambio su hijo mayor, mi tío, se cambiaría por él en la carcel. Podemos decir que le iba a guardar el sitio. No se lo concedieron.
Yo también guardo tesoros, cajas de papel hechas en las horas muertas de prisión, dibujos hechos de memoria de un sex simbol de la época como era Betty Boop.
Y lo peor, recuerdo a la perfección la amargura que toda la vida le quedó a mi abuela que no soportaba ser la esposa de un preso.
Las guerras nunca son buenas y dejan más heridos que muertos.Comentario de Aprendiz de Arpía hace 3 años y 40 meses