El órgano hace la función
Monsieur Jacobine - 01-10-2006 15:36:14 | Categoria: Escenas de la vida cotidiana

Llevó casi treinta años pelándome en la misma peluquería. Bueno, no exactamente, pues hará unos tres lustros cambió de ubicación, pero el dueño y su habilidad trasquiladora son las mismas. Supongo que mi madre me llevaría allí por estar cerca de casa, pero además tenía una situación estratégica, en la misma calle del gran colegio religioso donde M.J. y alguno de los frecuentadores de este blog cursó sus estudios. El local estaba siempre lleno, de niños y de adultos que iban a dejarse el pelo y las pelas. Ir allí equivalía a hacer turno un buen rato y a hacer una batida por el bien surtido revistero de la peluquería, pues fueses a la hora que fueses siempre había cola, incluyendo a alguno que no estaba presente y aprovechaba la media horita que le quedaba antes de acceder al sillón peluquerial para hacer algún recado. O sea, que era una barbería al viejo estilo, donde se hablaba de fútbol y de política. Piénsese que ir allí en la época de la Transición y del Cádiz en primera era asistir a un auténtico ágora ciudadano, pleno de debates a varias bandas.
El local está ahora en las calles frente al colegio, aunque ya no es lo que era. Al trasladarse allí era más grande, pero con el tiempo se aisló una parte creándose una estancia independiente, alquilada a un bar cercano que la usa de almacén. Todo ello porque el negocio de la peluquería, como todos los tradicionales, se halla en decadencia. Mi peluquero tiene 54 años y se siente el último de una estirpe. Todas las viejas barberías están cerrando ya que nadie quiere seguir el oficio. Los que recordamos los llenos antiguos notamos una cierta sensación fantasmagórica al ir allí, pues no hay que hacer tanto turno y el público son los escasos fieles de mi quinta como yo o veteranos clientes de toda la vida ya pensionistas, a los que se les hace precio especial. No hay ya esos grandes debates ciudadanos, cada uno se sienta en su silla esperando pasar bajo las tijeras hundido en silencio, o mirando la tele que desde hace años preside el local. Incluso el revistero está cortito de material, aunque nunca falta la prensa del día.
Tampoco hay niños ni jóvenes. Prefieren irse a las modernas peluquerías, las unisex, las de las grandes franquicias y amplios ventanales. “Eso es un desastre”, se queja el peluquero, “los que pelan son chavales que lo único que hacen es meter la maquinilla. Nadie sabe tratar un remolino, o un pelo rizado. Además, no aprenden nada, los echan del trabajo y no saben nada para abrir un local propio”. Esta queja la hace extensible al resto de los oficios tradicionales. “Ya no hay carpinteros. La gente prefiere ir a los Ikea y tirar los muebles viejos. Tampoco hay nadie que sepa arreglar televisores ni nada. Ahora todo es comprar otro cuando se te estropean”. Yo creo que mi peluquero se sabe miembro de una especie de artesanos que va desapareciendo y lleva la tristeza de que cuando se jubile nadie tomará sus tijeras para seguir buscando los secretos de los remolinos de pelo y de los rizos.
El ir a esta peluquería tal vez sea el único hábito de mi infancia que me queda. Los demás han ido desapareciendo o mutando, pero mi fidelidad a este hombre es la única que he sido capaz de mantener durante tres décadas de mi vida. Hasta mi confesa cinefilia no llega tan lejos. Yo sé que cuando se retire y me obligue a usar una de estas franquicias peluqueras –si la edad sigue manteniendo mi pelo, claro está- habré perdido algo, una de estas absurdas tradiciones que dan cierto asentamiento a la existencia. Quiero terminar con una anécdota que me contó el otro día. Tuvo que ir al médico y al llegar a la consulta el doctor le espetó un “que pasa, peluquero”. Resultó ser, como M.J., uno de sus niños de treinta-cuarenta años, pero el barbero no se acordaba del médico. Hasta que éste agachó la cabeza para redactar la receta y le enseñó su pelo. Entonces le recordó perfectamente, hasta su nombre, y que era mucho más delgado en la época que frecuentaba su negocio. No sé ustedes, pero yo creo nunca he visto a una persona tan entregada a su oficio como este honesto y profesional peluquero.
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Añoranzas en breve, alcemos loas a estos amados profesionales. Yo desde mi postura puedo ser visto como un reaccionario traidor, hace años que no visito al peluquero que en mi infancia visitaba cuatro veces al año para una poda exhaustiva. Pero todo tiene su justificación, luzco larga melena y mi visita podría ser traumática a estas alturas, no obstante recuerdo perfectamente ese aire a ritual que era enfrentarse a Manolo y su bigote, cómo seguía con su conversación entretenida los progresos escolares de uno y sus primeros pinitos laborales, un santo varón. Si supiesen lo que me movía yo de chico en su silla... Un santo varón.
...peliagudo
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TRISKELComentario de TRISKEL hace 3 años y 38 meses
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A mí me pasa lo mismito que al amigo Triskel... pero por el motivo exactamente opuesto. Galeano comentaba que los peluqueros le ofendían pretendiedo cobrarle la mitad... cosa parecida podría pasarme a mí, y no me arriesgo.
El hecho es que hace años que me autopodo yo mismo con la amtotsierra, en mi casa, y en escasos minutos estoy listo (y aún más calvo).Comentario de Microalgo hace 3 años y 38 meses
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Hermosísimo post, lleno de sensibilidad bien entendida. Y bien cierto. Cuántos oficios parecen encaminarse con paso lánguido hacia un cementerio de elefantes. Peluqueros no historiados. Afiladores y sus armónicas. Pastores. Arregla cacharros. Periodistas.
Comentario de hermanastra hace 3 años y 38 meses