Regalos envenenados
Monsieur Jacobine - 28-10-2006 14:10:21 | Categoria: Escenas de la vida cotidiana
Ayer por la mañana recibí una llamada en el móvil de un número desconocido.- Hola, soy Silvia, de la oficina del BBVA de la avenida Ana de Viya, ¿Habló con Don Jacobo Jacobine?
- Sí, soy yo.
- Verá, es que en esta semana ha recibido usted una importante transferencia, y eso le da derecho a participar en nuestra promoción del edredón.
- ¿Y en que consiste?
- Tiene derecho al edredón por el ingreso que ha hecho. Si le parece se pasa por aquí y hablamos del asunto. Eso sí, la promoción acaba mañana sábado. Si no se pasa por aquí antes de la una de la tarde de mañana lo pierde.
- Pues entonces me pasaré mañana, hoy va a ser un poco difícil.
- Bien, pero recuerde Don Jacobo, que a la una de la tarde cerramos la oficina y si no ha venido a recogerlo ya no podrá tenerlo. Es un edredón auténtico nórdico, de cinco piezas, doble. Si le interesa le veo mañana antes, recuerde de la una de la tarde.
Un edredón nórdico. Hermoso regalo, pero tal vez inapropiado para el clima del sur de España. Sobre todo este año donde a las puertas de noviembre hay que seguir con manga corta. Es curioso. Tengo delante el periódico local, en fase de derribo por otra parte –pero eso es otra historia, o mejor, otro post- y en su portada veo las promociones que superponen a lo largo de la semana. Discos de Mozart, centenarios obligan. Juegos de toallas. DVDs y ordenadores portátiles. Señoras y señores, no compren el diario para informarse o para leer a sus columnistas favoritos. Ni siquiera para ver la cartelera o las farmacias de guardia. Háganlo para coleccionar cupones como en los tiempos de las cartillas de racionamiento y conseguir grandiosos regalos que le han obligado a fidelizar sus compras de prensa más de lo que tenían pensado. Pero un banco, cuyo objeto confeso es ganar dinero, ¿qué necesidad tiene de regalar edredones a la gente?.
Recordaba el edredón por otra parte. Estaba expuesto en la oficina desde donde me habían llamado –digo “estaba” pues cuando escribo esto ya han pasado las 13 horas del sábado y la promoción debe haber acabado- y lo vi el otro día al pasar por allí. En mi cabeza resonaban las palabras de Silvia. “Cinco piezas”. Uno ignoraba que tamaña prenda fuese como un mecano desmontable. “Doble”. Claro. Los bancos trabajan para las parejas, no se les pasa por la cabeza que un “single”, como se les llama ahora, pueda tener derecho a una promoción. En algún lugar leí que cuando se te invita a una promoción comercial siempre te obligan a ir en pareja porque es más fácil convencer a dos que a uno. Un “single” se puede encastillar si no le interesa, pero si vas acompañado caes en el “lo que tu digas, cariño”, ofreciendo la brecha por donde un vendedor hábil mete sus tropas dialécticas. Tal vez los del banco pensaban en Jacobo Jacobine discutiendo el tema del cinco piezas con una inexistente señora Jacobine que ablandaría el terreno.
Mi primera opción fue pasar del asunto. Uno sabe que un banco nunca da ni los buenos días por nada, así que me intuía una trampa. Pero a medida que avanzaba el día empecé a planteármelo. No se. Tal vez la sombra de mi madre, que siempre se queja que nunca le toca nada, aunque juega a los ciegos, euromillones y todo eso. Tal vez la posibilidad de entrar en casa con algo novedoso, “me ha tocado”, y si no nos interesaba colocárselo a alguien. O igual era por una vez sacarle algo a un banco. Decidí que no perdía nada por ir hoy al banco (“recuerde, antes de la una”) e informarme de que iba exactamente el tema. Aunque eso significase que M.J. se unía a los deslumbrados por la posibilidad del gratis total, que tanto abundan en la ciudad donde vive.
No hizo falta siquiera que buscase a la tal Silvia. En las cristaleras de la oficina había un magnífico cártel que hablaba de la promoción, con su correspondiente letra muy pequeña. Ésta decía que el edredón te lo regalaban si te comprometías a tener cierta cantidad de dinero inmovilizada una serie de meses (TAE 4’y pico %). Lo mejor es que los intereses estaban sometidos a las retenciones fiscales que marca la ley y sobre todo que el IVA del regalito, 6’22 €, iban a cargo de tu cuenta. O sea, que la tal Silvia, en vez de decirme directamente las opciones comerciales que tenía mi ingreso económico en su banco, usó la estratagema de deslumbrarme con lo del edredón cinco piezas nórdico de pata negra para embaucarme y hacer que parte de mi dinero –proveniente por otra parte de mis labores festivaleras, no crean que tiene que ver con Marbellas y similares- se moviese y no se pudriese en mi cuenta.
Así que pasé del edredón, pues lo que me esperaba no era un apretón de manos y unas gracias por mi fidelidad a la institución, sino una aburrida exposición comercial que a buen seguro se apañarían ellos de que sobrepasase los meses estipulados. Aunque quien sabe. Igual espero a que haya una vajilla o algo más sustancioso para aceptar inmovilizar mi dinero. Eso sí, si a partir de ahora les cobró el IVA en los regalos de cumpleaños no se extrañen. Hay que imitar a los pulmones financieros de nuestro país.
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