El tren de la bruja
Monsieur Jacobine - 21-11-2006 16:11:00 | Categoria: Escenas de la vida cotidiana
Las aventuras de Monsieur Jacobine en los países catalanes I
Hace unas semanas, M.J. partió a los países catalanes. El motivo era ser jurado un par de días en un festival de cortos de Badalona, y aprovechando la ocasión permanecer otros tantos de turista accidental en la Ciudad Condal. Eso, y una posterior escapada a la conjunción Alcalá de Henares-Madrid explican el abandono de este blog. Pero en el reino del tripartito, que por cierto se constituyó estando yo allí, pasaron algunas cosas dignas de transcribirse en este chiringuito internaútico. Es por ello que inicio una serie que iré pergeñando poco a poco con las aventuras de Monsieur Jacobine en los países catalanes, del cual este tren de la bruja es el primero. Espero contar con su beneplácito aunque igual intercaló otras historias en medio de esta serie.
El caso es que hace unos viernes llegué por la mañana al Festival de Badalona, aunque no había Festival aún. La organización reclama al jurado dos semanas antes de que empiece el evento en si para ver las obras a concurso y dictaminar. La excusa es que al ser un certamen internacional, necesitan ese tiempo para llamar y convocar a los premiados para que estén presentes el día de la clausura. Así que fuimos un jurado abstacto, aislado de las colas de gente en las salas y de todo el embriagante ambiente que tiene todo festival. La reunión era el sábado, así que el viernes de mi llegada me dispuse a ver las cosas que puedes hacer en Badalona cuando eres jurado del Filmets. Fui el primer hombre justo del jurado en llegar, cosas de las combinaciones aéreas entre Jerez y El Prat. A las nueve de la noche había prevista una cena con otros dos miembros del jurado, y hasta entonces nada que hacer. Almorcé con la secretaria técnica del festival y con el director del mismo, y tras la comida ambos se excusaron dado que tenían trabajo por la tarde. Me dijeron que podía visitar el museo municipal, única institución de esa guisa disponible en la ciudad. Su gran baza eran las termas romanas subterráneas, a las que se había dotado de un montaje audiovisual.
Badalona es un sitio algo triste. Se ve demasiado que era un pueblo de pescadores agigantado por la gran emigración a la urbe barcelonesa. No tiene mucha personalidad y ha sufrido los males de su condición periférica. Una de las autopistas que alivian el tráfico catalán corta en dos el pueblo. Más extravagante es su paseo marítimo. Además de no tener mucha playa, la línea de cercanías de tren pasa por allí mismo, al lado del mar, cortando la perspectiva siempre hermosa del mar cantado por Serrat. Lo peor es que los que quieran pisar la arena tienen que ir por unos pasos subterráneos. La visión del mar a través de las vallas que circundan una vía, interrumpida por el frecuente tráfico ferroviario cada pocos minutos, es bastante chocante. El hotel donde nos alojábamos estaba en ese mismo paseo marítimo, y es otra experiencia desayunar o comer con el fondo de los trenes, lo que le da a todo un airecillo de suburbio a lo Bronx bastante urbanícola. No sé ahora mismo quien cantó aquello de “Que bonita es Badalona”, pero sin duda había consumido en demasía el principal activo industrial de la ciudad, el Anís del mono, o tenía un sentido bastante afilado de la ironía.
Ante ese panorama, y como un par de paseos por la localidad daban la medida de sus limitaciones, decidí hacer caso a mis anfitriones y dejarme caer por el museo. Además, a M.J. no le disgusta, más bien todo lo contrario, darse un paseo por la historia. En la cristalera del museo había propaganda del revolucionario sistema de ver las termas sitas bajo él. Había un encargado que al entrar me explicó el tema. La visita al museo en si es gratis, pero bajar a las termas costaba dos euros. Era un sujeto más bien cadavérico. Sacó un listado magro en anotaciones y me pidió con la cortesía aprendida de alguna escuela de turismo si me importaba decir de donde venía para sus estadísticas. Evidentemente, mi acento sureño le motivó. “Cádiz” le dije. “¿De qué parte de Cádiz?”. Recordé el viejo chiste. “¿Para Cádiz Cádiz o para la Segunda Aguada?”. “De Cádiz capital”. Me pregunté cuantos paisanos míos habían cruzado esas puertas. Tras esto, aboné los dos euros y me dispuse a ver el museo y las termas. En consonancia con la lista del cadavérico encargado, el museo en si tiene pocos fondos. Un puñado de vitrinas con materiales prerrománicos y romanos de los que se encuentran en otros sitios. Su joya es la Venus de Badalona, aún más mutilada que la de Milo. Es un pequeño torso sin brazos, cabeza, o piernas. El festival del que iba a ser jurado entrega como trofeo una reproducción de esta estatua. Tras esto, me dispuse a bajar a las termas.
Cuando uno baja, se encuentra en un espacio lógicamente cerrado, con ruinas entrevistas en medio de la semioscuridad. El truco consiste en que mientras vas pasando por las pasarelas que se hallan sobre los restos del orgulloso mundo romano se van iluminando los diversos sectores por donde deambulas y se activan unas grabaciones de ruidos y voces hablando en latín, como intentando reconstruir aquel mundo muerto. Antes de llegar a las termas en si, se pasa primero por los restos de una calzada y una panadería, con su correspondiente banda de sonido con ruidos ad hoc. Pasando ya a los baños, oímos ruidos de agua, de conversaciones, de vapor. Para colmar la ilusión, hay elementos de atrezzo, como herramientas, barreños, y el toque maestro, ropas y sandalias apartadas en la zona de las termas, como dejadas por los usuarios. Así se supone que la recreación es total.
Pues a pesar de los esfuerzos de los que habían montado el chiringo, yo salí bastante deprimido de la experiencia, más propia de un tren de la bruja que de la reconstrucción histórica. Tal vez si hubiera habido algún turista más perdido en ese submundo hubiese sido distinto. Cuando empezó el jaleo grabado me sentí perdido, pues no sabía si era parte del show o es que me precedían en esos recovecos una banda de alemanes ruidosos. Pensé que las luces las encendía el cadavérico de arriba, a guisa de los taquilleros de los desaparecidos cines de barrio que tenían que correr a darle al proyector ellos mismos cuando aparecía un despistado espectador. Pero no, era uno mismo al pasar activando algún moderno mecanismo. Pero lo peor es que me pareció algo obsceno esa forma de intentar dar vida a algo que no lo tiene. Era profanar unas ruinas que en si mismas ya tienen grabados en sus restos lo que fueron y lo que significaron. Esas voces grabadas eran como meter chunda chunda a los clásicos musicales, negando a los espectadores de las termas su posibilidad de recrear en sus imaginaciones lo que fue aquello, como dudando de la efectividad de las piedras supervivientes de tiempos mejores para mostrar en silencio su dignidad.
Al salir, de allí, el cadavérico hablaba en un despacioso castellano con un par de guiris que pedían indicaciones. Abandoné el museo y como tenía tiempo me dirigí a un cine cercano para ver la película del GAL, que se estrenaba ese mismo día. Otro tren de la bruja a pesar de la mediocridad de la película, con el agravante de que fue un caso real. Por cierto, en el museo los carteles solo estaban en catalán. Pero esa carencia –nada en inglés- formará parte de un futuro post sobre las impresiones de M.J. ante el nacionalismo catalán.
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¡Leñe! En la mejor tradición de los libros de viajeros británicos del XIX. Clamamos por continuación.
El post me ha recordado un viaje que hice con la que fue mi más novia, a Cantabria. Yo aún no tenía coche y nos desplazábamos en trenes y autobuses. En San Vicente de la Barquera (¿me traiciona la memoria? ¿Pudo ser en Comillas?), por hacer tiempo, nos metimos en una exposición sobre brujería.
Eso sí que era el tren de la bruja, querido Monsieur. En una vitrina, un guante tieso "haciendo cuernos", con un letrerito debajo : Desde antiguo, el satánico símbolo de los cuernos servía para amedrentar y maldecir... Y así todo. Salimos con una sensación de fraude enorme. Y no nos costó trescientas pelas, que yo recuerde. Bastante más.
En fin, Monsieur, lo animo a postear completando la cosa, que la tropa desde aquí se deleitará leyendo. Bienvuelto.Comentario de Microalgo hace 3 años y 37 meses
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A título de apostilla no pedida, simplemente quería recordar que el autor de "Qué bonita es Badalona" es, mira por donde, JM Serrat, y que la letra posiblemente es suscribible hoy, casi 30 años después
http://www.moragrega.com/serrat/letras/1978.html#tema5
La confusión posiblemente viene con el pasodoble "Qué bonito es Barcelona" que, obviamente, no iba para nada en tono irónico.
Y lo irónico es que en su gira mundial de este año, Manolo Escobar haya incluído en su repertorio la de Serrat. Me hubiera gustado ver cómo sorteaba esa parte de la letra donde habla del perro muerto en la carretera.
Ea, quede con Dios.Comentario de JL Ambrosio hace 3 años y 37 meses
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Hay grabaciones realmente desafortunadas. A mí, según el día, me hubiera dado susto o me habría descojonado impúdicamente. Por cierto, si alguna vez estan en Cániz y tienen tiempo, suban a la Torre de Poniente de la Catedral. Conforme vas ascendiendo, se hace más y más clara... ¡¡¡la voz de Gandalff!!!
Comentario de hermanastra hace 3 años y 37 meses