El gran silencio
Monsieur Jacobine - 10-12-2006 15:49:01 | Categoria: Elucubraciones

Hago un paréntesis en la crónica de mis peripecias en los países catalanes para comentar una noticia leída en estos días de puente en El País que me ha llamado la atención. El éxito que está teniendo el documental El gran silencio en los cines donde se está proyectando, que no son muchos en nuestra geografía. Algo que ha cogido por sorpresa a todo el mundo dada las características del film. No ha sido sólo en España, sino que en su Alemania natal desbancó incluso las cansinas andanzas de Harry Potter.
Les resumo la cuestión. En 1984, el director alemán Philip Gröening quiso hacer un documental sobre la vida cotidiana en el monasterio cartujo alpino del Grand Charteusse, el principal que tiene esa orden que a los votos tradicionales del monacato une el de silencio. Sin embargo, le dijeron que aún era pronto y que esperase, emplazándole para dentro de diez o quince años. Señal de que el tiempo dentro de los venerables muros del monasterio no corría igual que en nuestro mundo real. Gröning empezó su adaptación al corpus cartujo aceptando esta imposición, en vez de desechar el proyecto y a otra cosa mariposa, como hubiesen hecho sin duda sus homólogos del nervioso Hollywood. En 1999 recibió la autorización de la orden, pero hubo problemas. Se puso como condición que todos los monjes del Charteusse aceptarán la presencia de ese extraño que iba a inmortalizarles en celuloide (o en digital, que ya no se sabe). Uno de ellos puso pegas y todo estuvo a punto de irse al garete, aunque al final le convencieron. Ignoro si la Iglesia católica demostró sus dotes de negociante que tanto juego le han dado a lo largo de su historia para garantizarse algún tipo de donativo a cambio del permiso. Sin embargo, sólo permitieron al propio Gröning como único equipo de rodaje. Él tuvo que grabar y sonorizar todo. De hecho, acabó haciéndose cargo del montaje del film, con lo que las cortapisas de los cartujos incidieron en un buen ahorro en costes de personal. Durante seis meses, el director-cámara-técnico de sonido se amoldó a los duros horarios de los cartujos para filmarlos. No usó luz artificial, sino la natural del monasterio y no ha metido ninguna música de fondo. Y es que ha querido respetar la norma básica de la orden, el silencio humano, con lo que el proyecto es más insensato a priori, que, pongamos, la adaptación de El señor de los anillos. Todo esto adobado con la meticulosidad de Gröning, que tras dos décadas de la idea primigenia ha acabado presentando impertérrito un montaje de 162 minutos. Dos horas cuarenta y dos minutos de cartujos mudos dedicándose a sus tareas de ora et labora en medio de un mundo cada vez mas hedonista. El filme se presentó en el Festival de Venecia 2005 en una sección llamada “Horizontes”, dedicada a rarezas que glosarían los críticos pero que seguramente no verían casi nadie. Sin embargo, ha ocurrido lo contrario. En Alemania como ya se dijo, en Italia y en las pocas semanas que lleva exhibiéndose en España se ha convertido en un éxito sorpresa, convenientemente jaleado por la prensa confesamente cristiana –o clerical, que no es necesariamente lo mismo- y de derechas, que lo están viendo como el brazo cinematográfico del belicoso Ratzinger y como una prueba de que los valores evangélicos aún venden.
Llegados a este punto del post, es necesario hacer una aclaración media, ya que es un poco tarde para que sea previa. Esto no es una crítica fílmica de El gran silencio aunque lo parezca, ya que M.J. no ha visto el film al no exhibirse en la ciudad provinciana donde vive. Es más bien una reflexión en voz alta motivada por su sorpresa ante el éxito de un film que rompe todas las normas que se suponen al cine palomitero que manda hoy en día, donde las explosiones y tiros en ensordecedor dolby stereo campean por sus respetos. ¿Quién va a ver este reality cartujo?. ¿Acaso hay más católicos confesos de lo que los índices de asistencia a misa apuntan y van a ver una película en sintonía con su fe?. ¿Tal vez espiritualistas New Age que necesitan buscar alternativas?. ¿Gente atraída por el morbo de ver por dentro un búnker como es un monasterio, con los resabios mentales de la vieja propaganda anticlerical que aseguraba que tras sus muros se ocultaban toda clase de depravaciones?. Quien sabe. Aunque igual es por algo más conturbador. Todas las críticas que he leído de El gran silencio hacen hincapié en eso mismo: el valor del silencio. Dicen que fue Beethoven el que descubrió su valor dramático al parar una sinfonía entera para que durante unos compases no se oyese nada. ¿Nada?. No. Siempre se oye algo. Aunque no suene.
Vivimos en una sociedad ruidosa. Se construyen carreteras y autopistas cada vez más grandes para que los coches vayan por ellas a toda velocidad. Los jóvenes gritan en sus pandillas como gesto de autoafirmación personal. Las salas de cine, ya lo dije, quedan ahogadas por el ruido de las chucherías masticadas y de bandas de sonido que no dejan nada de respiro para el oído. La televisión pone a horas punta seudodebates que consisten en que un grupo de gente que está allí por haberse pasado semanas tocándose la entrepierna en una casa se pongan a parir a gritos. La misma televisión tiene miedo del silencio y por ello se pasa de una sección a otra del programa sin solución de continuidad, o intervalos comerciales donde los anuncios suenan más alto para no despistar la atención sonora. Gran parte de lo que se llama hoy en día divertirse consiste en meterse en garitos donde la música está tan alta que hay que romperse la garganta a gritos si uno quiere conversar. En los centros comerciales domina el ruido de las masas de compradores, especialmente activas en este diciembre, adornado por hilos musicales terribles y voces de ultratumba que lanzan ofertas. Es más, en muchos restaurantes, sitios donde se supone la gente va a relacionarse, se ha impuesto la nefasta moda de la musiquita, como esas horribles versiones de los Beatles que te ponen cuando te pasan un llamada en un centro oficial. Se estimulan fiestas por parte del poder político, el mismo que luego llora por sus excesos, donde el ruido es lo básico.
Pero más inquietante que este jaleo público es el jaleo privado. Vas a casa de amigos y lo primero que te preguntan es que música quieres, como si no confiasen en la conversación inminente. En los viajes en coche igual, como si no se confiase asimismo en las bellezas del paisaje o en los compañeros de asiento. A lo mejor ahí está el secreto de El gran silencio. En demostrar a la gente que estar callado abre otros oídos. Los de las voces interiores, aquellas que te dicen exactamente quien eres, que te alegra y que te duele, porque estas feliz y porque infeliz. A lo mejor esta ruidosa sociedad no quiere que hagamos eso. O puede que seamos nosotros mismos los que no queramos oírnos a nosotros mismos, prefiriendo sofronizarnos en el estruendo. A veces nuestras voces son demasiado despiadadas como para darles cancha. Viva el ruido que nos aleja de nosotros mismos.
En fin, que no me negaran que para ser una película que no he visto no ha dejado de dar su miga en el magín de Monsieur Jacobine. Cuando la vea volveré a este tema y les diré ahora sí, mi impresión y si merece la pena tanta elucubración o no.
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Hombre, ni tanto, ni como yo. Es cierto eso que Usted comenta de que nuestra sociedad occidental es atronadora, al menos en las ciudades. Pero no todo el espacio es así.
Y por otro lado... a pesar de que el océano es básicamente silencioso, esta microalga marina adora la voz humana, que es el instrumento musical más bello.
No entiendo qué lleva a un hombre a encerrarse entre piedras, a no abrir la boca y a no quere oir a nadie. Yo echaría de menos alguna voz acariciadora de mujer, aunque sólo me dijera "hola". Para un ratito, está bien. Para una tarde, digamos. La vida es demasiado breve, y yo creo que al diñarla nos vamos al sedimento (fuera de la zona fótica, si se me permite la expresión) y chin pón.
No creo haber nacido para cartujo, yo.Comentario de Microalgo hace 3 años y 36 meses
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¡Quién iba a decir que los carujos terminarían entrando en mi categoría de Exhibicionistas! ¡Siglo XX (I) cambalache! El éxito de público, fíjese usted, no me extraña mucho -al cabo, es un Gran Hermano hiperbólico-. Además, es Navidad -qué bonito tema para tan entrañables fechas- y, sí, el silencio... precisamente por eso, ¿quién no desea dejar de oír un momento, dejar de escuchar coches, y motores de ventilación, y murmullos continuos, y ruido de fondo de la tele? ¿quién no desearía perderse en algún rincón donde esforzarse por escuchar caer la nieve? Lo mismo, precisamente, lo más cercano que tenemos a eso es asomarnos a ver como unos cuantos monjes sorben la sopa.
Comentario de hermanastra hace 2 años y 36 meses