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Monsieur Jacobine

La voz que clama desde "La montaña"

La tremebunda historia de la envenenadora marquesa de Brinvilliers



Trasteando en un libro, me topé de refilón con la historia de la marquesa de Brinvilliers, envenenadora francesa del siglo XVII. El tema llamó tanto mi atención como para hacer la pertinente búsqueda en internet, que dio jugosos frutos que quiero compartir con ustedes. Las tristes andanzas de esta asesina fueron lo suficientemente rocambolescas como para merecer la atención del rey del folletín Alejandro Dumas, que vio sus posibilidades dramáticas y habló de ellas en un libro suyo que recogía la vida y antimilagros de tres asesinos verídicos franceses. Así que ahora que han pasado y bien pasado los melindres navideños prepárense para una pequeña incursión por un mundo adobado con el arsénico.

Marie Madelaine d’Aubray nació el 22 de julio de 1630, siendo la mayor de cinco hermanos. Su padre, Antoine Dreux d’Aubray, acumulaba varios cargos: señor de Offémont y de Villiers, Consejero de Estado, Preboste y Vizconde de París y Teniente Civil de París. Lo mejor es que poseía una buena fortuna, con lo que su hija fue pieza codiciada por solteros de todo pelaje. La naturaleza pareció dotar a Marie Madelaine de una personalidad fogosa, como atestiguan los hechos que la llevaron a su triste muerte. Se contó incluso que a la temprana edad de siete años perdió la virginidad con uno de sus hermanos. En fin, teniendo en cuenta que como dijimos era la mayor de la familia, hay cosas que hasta a la mente más sórdida le cuesta imaginar. Hay que pensar en que sobre ella cayeron todo tipo de acusaciones diabólicas tras descubrirse su afición a los venenos. Sea como fuere, las descripciones dicen que de adulta era una mujer pequeña de talla pero dotada de unos ojos muy azules, piel clara y cabello castaño. Su carácter era orgulloso y apasionado. Como se verá, tampoco admitía obstáculos frente a lo que quería, quitándolos de en medio al precio que fuese.

En 1651, a sus 21 años, Monsieur Antoine halló un buen novio para su hija y para su dote: Antoine Cobelin de Brinvilliers, marqués de este segundo apellido, un noble que tampoco andaba mal de dineros, con lo que salió un matrimonio muy rentable, al menos en el aspecto financiero. Pues en el personal los dos tenían muy claro que era una unión de conveniencia y pronto se buscaron la vida fuera del lecho conyugal, lo que no les impidió tener algunos hijos en común. El marqués llegó incluso a recibir amistosamente a los amantes que Marie Madelaine llevaba a casa, con el desparpajo que da el que todo te importe una higa. Este asumido estado de cosas empezó a complicarse cuando apareció en escena un viejo amigo de Brinvilliers, el capitán de caballería Godin de Sainte Croîx, gascón como D’Artagnan e hijo bastardo de una buena familia, lo que no me negarán son buenas credenciales para ser protagonista de una historia como que tienen en sus pantallas. La marquesa quedó prendada del capitán e iniciaron una intensa relación, aunque ambos la simultaneaban con otras historias. El marido de Marie Madelaine lo recibió todo con la indiferencia habitual, pero Monsieur Antoine no podía tolerar ese estado de cosas y el que su hija arrastrase su nombre por el fango, así que movió sus hilos y consiguió que Sainte Croîx acabase en La Bastilla en 1663.

La Bastilla. Magnífica localización para el momento en que una historieta de nobles libertinos muy propia del país y del siglo deriva hacia el mundo de Dumas como paso intermedio al horror de los asesinos sistemáticos. En la prisión que mis correligionarios echarían abajo un siglo más tarde, el capitán conoce a un peculiar italiano también enchironado allí. Se hacía llamar Exili, Eggidi o Gilles, medio químico, medio alquimista. Había sido alumno del químico suizo Cristophe Glaser, boticario del rey y descubridor del sulfato de potasa, lo que da a este enredo un respetable aire de credibilidad científica. Exili había trabajado para la reina Cristina de Suecia. Pero sus conocimientos los había puesto, como dirían las novelas decimonónicas, al servicio del mal, pues era un gran experto en venenos. Como el tiempo en el talego dicen se hace muy largo, Exili dio un cursillo a Sainte Crôix en esta materia, aunque ignoramos si le valió para reducir condena. El caso es que cuando salió de la Bastilla, el gascón comunicó todos sus nuevos saberes a la marquesa de Brinvilliers, que tomó buena nota. Sainte Crôix llegó incluso a montar un laboratorio.

La marquesa decidió iniciar su carrera criminal asesinando a su padre, en venganza por lo que le había hecho a su amante, aunque la considerable herencia en juego pudo pesar lo suyo. Empezó a hacer las “recetas” que Sainte Crôix le pasaba, pero imbuida del espíritu cartesiano de la época decidió hacer prácticas antes de ir por su gran objetivo. Criados suyos y pobres de los asilos a los que daba dulces en campañas de caridad empezaron a morir en medio de grandes dolores estomacales. Comprobada la efectividad de los aliños que le echaba a las comidas, fue a por su padre. El envenenamiento duró 8 meses, no se sabe si por prudencia, por mala administración de las dosis o por puro sadismo para que sufriera. Lo irónico del caso es que al sentirse mal, Monsieur Antoine se fue a sus posesiones a la región de Compiêgne para recobrarse y se llevó a su hijita con él, que pudo rematar el trabajo a conciencia. Murió en septiembre de 1666 sin que nadie sospechase nada. Tal vez su asesina pensó que si el difunto hubiese adoptado ante los amoríos de Maire Madelaine la misma indiferencia del marqués, Sainte Crôix no hubiese conocido a Exili.

Al desaparecer su mayor censor moral, la marquesa no tuvo freno a sus pasiones. Además de sus hijos con Brinvilliers, tuvo dos con el gascón y uno con un primo suyo. Precisamente con el preceptor de sus retoños oficiales, un bachiller en teología llamado Briancourt, tuvo una intensa relación que hizo olvidar al joven lo aprendido en el seminario. Sin embargo, el espíritu de laisser faire laisser passer que imperaba en su vida sentimental se fue agriando. Empezó a tener celos de las amantes de Sainte Crôix y de la mujer con la que se había encariñado su esposo, Mademoiselle Dufay, a la que pensó en liquidar. Pero por de pronto, el objetivo de sus odios eran sus dos hermanos varones, a los que podría heredar también. Al mayor intentó eliminarlo contratando a dos matones, pero tras fracasar se decidió por sus amados venenos. Colocó en casa de sus hermanos, que vivían juntos, a un lacayo suyo llamado La Chaussée que se encargó de administrar las dosis. Ambos murieron con tres meses de diferencia en 1670. A partir de ahí la marquesa inició una escalada. Se cargó a su señora de compañía y pensó en eliminar seriamente a su hija mayor, por el mero hecho de parecerle tonta. Lo curioso es que intentó matar a su marido pero al final se arrepintió, dándole ella misma el contraveneno para salvarlo, en un nuevo episodio de su extraña relación.

Y como buena asesina sistemática, la marquesa de Brinvilliers empezó a publicitar sus crímenes. A uno de sus criados le mostraba el mortal contenido de ciertos frascos y a su amante Briancourt le hizo una completa confesión. Dice mucho del extraño carisma que la mujer tenía frente a sus amantes el que nadie la delatase. Al menos hasta que le contó al preceptor que iba a eliminar a su hermana Therese y a la viuda de su hermano mayor, que le echaban en cara su vida. Briancourt no pudo por menos que escribir a las dos aspirantes a víctimas avisándolas de que algo horrible iba a sucederles, aunque sin acusar a Marie Madelaine. Desengañada, la envenenadora decidió cargarse a su lenguaraz amante. Al fracasar su método favorito encargó el contrato, que diría la mafia, a Sainte Crôix. Tras ser objeto de un atentado en un bosque, en el que dos tiros fallaron, Briancourt decidió exhumar su bachiller en teología y marcharse a un oratorio, lejos de las atenciones sexuales y envenenadoras de su amante.

Pero pronto la carrera criminal de Marie Madelaine iba a llegar a su fin de un modo tan rocambolesco como se estaba desarrollando su vida. Resulta que Sainte Crôix guardaba en una arqueta de su laboratorio, donde entre veneno y veneno buscaba la piedra filosofal, 34 cartas de su amante donde ella contaba con pelos y señales sus malandanzas. Junto a ellas, un librito con las “recetas” que usaba la marquesa para desembarazarse de sus víctimas. Ella sabía de su existencia, de hecho había intentado de que Sainte Croîx las quemase e incluso protagonizó un histérico intento de suicidio por esa causa. El caso es que en el verano de 1672 el capitán murió en su laboratorio víctima de las emanaciones tóxicas de unas sustancias que manejaba. Cuando las autoridades inspeccionaron el local, se toparon con la arqueta y su explosivo contenido. Para colmo de males, el difunto había dejado una especie de diario donde lo contaba todo. Y también hallaron un documento por el cual la marquesa se comprometía a pagar 30.000 libras a su amante, con lo que se deduce que su relación, aparte de compartir cama y crimen, tenía otras ramificaciones menos románticas y más chantajistas.

Desmontado el tinglado, Marie Madelaine huyó a Londres, donde vivió miserablemente. El que no pudo escapar fue La Chaussée, que confesó de plano antes de morir descuartizado. El propio rey de Francia, Luis XIV, se tomó un gran interés en el asunto, dado el linaje de la prófuga y el escándalo levantado por sus crímenes. Dejando de lado sus obsesiones hegemónicas, El Rey Sol convirtió el caso en un asunto de estado al solicitar personalmente a su primo británico, Carlos II, la extradición, que fue concedida. Pero la envenenadora escapó de nuevo a un convento en Lieja, en los Países Bajos. Acogida a sagrado, las autoridades idearon una estratagema para detenerla. Un capitán llamado Degrez se disfrazó de abate y contactó con ella, urdiendo una cita amorosa fuera del claustro. Cuando la marquesa acudió, se encontró rodeada de agentes de la ley, como en una redada del FBI. Lo curioso es que la operación tuvo lugar con las tropas españolas, empeñadas en una de las sempiternas guerras del siglo contra Francia, a las puertas de Lieja. De hecho, entraron en la ciudad pocas horas después de la detención. Un poco antes y Marie Madelaine podría haber escapado de la justicia francesa.

En abril de 1676 empezó el proceso en París, después de tres intentos de suicidio –uno de ellos metiéndose un bastón en la vagina- y una fallida conspiración para comprar un guardia y escapar. Ella lo negó todo a pesar de las evidencias. La acusación se dejó llevar por el entusiasmo y exhibió cargos como sodomía e incesto. El momento culminante fue cuando Briancourt dejó momentáneamente el oratorio y se enfrentó con su turbulento pasado. Su testimonio fue crucial. Entre lágrimas se dirigió a su ex amante: "Os advertí muchas veces señora de vuestros desórdenes, de vuestra crueldad y que vuestros crímenes os perderían”. A lo que ella, altiva, replicó: "Siempre habéis sido un cobarde Briancourt, y ahora tampoco tenéis valor. Lloráis". Nadie del tribunal fue lo suficientemente curioso como para preguntar al antiguo preceptor el porqué había callado los crímenes de la marquesa tanto tiempo.

El 16 de julio se leyó la sentencia.


"La Corte ha declarado a la dicha d’Aubray de Brinvilliers culpable de haber envenenado a su padre M. Dreux d’Aubray y haber hecho envenenar a sus dos hermanos y atentado contra la vida de su hermana . Por ello se la condena a presentarse en la puerta principal de la iglesia de Notre Dame de París, con los pies desnudos, la cuerda al cuello, manteniendo en sus manos una antorcha ardiente de 2 libras de peso y allí de rodillas declarar que por venganza y para apoderarse de sus bienes envenenó a su padre, a sus dos hermanos y atentó contra la vida de su hermana, de todo lo cual se arrepiente y pide perdón a Dios, al Rey y a la Justicia. Y en la plaza de la Grève de esta villa le cortarán la cabeza en el cadalso levantado en la dicha plaza. Luego su cuerpo será quemado y las cenizas aventadas..."


El lector inquisitivo habrá echado a faltar refrencias a los criados y los pobres de los asilos que la marquesa envenenó como clases prácticas de las lecciones de Sainte Crôix.

Por si fuera poco, la justicia francesa legislaba que a los condenados a muerte se les tenía que aplicar la tortura antes de ser ejecutados. Ejecución que sin tribunales de apelación y sin llamadas al gobernador se llevaba a cabo tras la lectura de la sentencia. A Marie Madelaine le tocó la del agua que se le suministraba generosamente a través de un embudo. Al verlo todo dispuesto para el suplicio, fue la única vez que se derrumbó, confesando abiertamente ahora que ya estaba perdida. En la sala de torturas conoció al abate Edmond Pirot, profesor de la Sorbona y conocido por sus disputas con el filósofo Leibniz, que había sido designado por el tribunal para asistir espiritualmente a la condenada en sus últimas horas. El pedigrí del religioso indica que a pesar de todo a la envenenadora se le seguía manteniendo su estatuto noble. Impresionado por el cometido y por la asesina, Pirot dejó por escrito sus impresiones de esa jornada. No fue el único en dejar testimonio artístico. Cuando era conducida al cadalso, Charles Le Brun, uno de los pintores favoritos de Luis XIV, apresuró un dibujo donde se ve a la condenada y al abate. Es el que el preside estas líneas.

Tras la tortura, y entre los insultos del pueblo parisino, fue conducida al lugar de la ejecución. "Quisiera que me quemaran viva para hacer mi sacrificio más meritorio", dijo mientras el verdugo la preparaba. Antes había escrito a su familia y a sus hijos pidiéndoles perdón. Pirot rezó la Salve en voz alta y fue coreado por todos los presentes. Según el abate, ella irradiaba serenidad. No sabemos si es cierto o la ejemplaridad que se supone a toda historia narrada por un religioso se impuso. El verdugo dio el golpe fatal. Pirot dejó escrito que el ejecutor de sentencias le dijo: "Señor ¿no os parece que ha sido un bello golpe? Yo me encomiendo siempre a Dios en estas ocasiones. Le haré decir seis misas a esta señora".

Siguiendo lo dispuesto por el tribunal, el cuerpo de Marie Madelaine d’Aubray, marquesa de Brinvilliers, fue incinerado y sus cenizas dispersas. Sin embargo, el siempre desconcertante pueblo parisino empezó a llevarse de recuerdo los restos óseos que habían escapado al fuego de la persona a la que minutos antes imprecaban.

Referencias

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Comentarios

  1. Pero ella no era mala, fue la sociedad machista de la época la que la impulsó al crimen, al no dejarla expresarse libremente como mujer.

    Ya en serio, en el marco de referencia histórico (menos mal que se ha avanzado en eso... en algunos países), comprendo que a una persona con su historial le cortaran la cocorota (y Monsieur sabe mucho de cortar cocorotas). Lo que me choca es la tortura obligatoria antes, sin la excusa de obtener confesiones. Una vez condenado el reo ¿para qué? ¿sadismo? ¿para que sirviera de advertencia a otros potenciales delincuentes?

    De cualquier manera, supongo que esta mujer tenía que tener una bombilla fundida, con esa falta de empatía que siente la gente que descalabra dextrum et sinistrum por sus descalabrados, que es propia de un psicópata.

    Aunque nada comparado con la duquesa Bathori, incomprendida de su época, que tampoco es que fuera mala, mala de verdad. La pobre sólo es que no quería envejecer, y por eso se fumigó a más de quinientas niñas para bañarse en su sangre, después de torturarlas y hacerlas cachitos vivas (y a ésta no la ejecutaron, por cierto).

    Comentario de Microalgo hace 2 años y 35 meses

  2. Mmmm... ¿detecto un tono de misoginia en su respuesta, sr. Microalgo?

    (Deliciosa y truculenta historia, por cierto)

    Comentario de hermanastra hace 2 años y 35 meses

  3. Y por cierto. Respiren tranquilos todos aquellos que teman que la psicópata vampira terminó sus hemoglobíticos días en su castillo húngaro, porque neit -digan lo que digan de algún que otro sonrojante revisionismo, las mujeres, hasta hace un par de siglos, cada vez que asomaban la cabeza en la Historia corrían enorme riesgo de perderla. Fueran o no asesinas en serie-. Lady Bathory fue ejecutada tras un sonadísimo juicio que sólo tuvo lugar cuando el chorro de crímines y sangre era ya demasiado sonrojante. La emparedaron viva. Y murió como la cucaracha que era, tras cuatro años encerrada en un agujero de la pared.

    Comentario de hermanastra hace 2 años y 35 meses

  4. No creo que la gente emparedada dure cuatro años. Pero tampoco voy a discutir qué hueco alrededor del cuerpo supone reclusión y cuál emparedamiento. No voy a discutir nada. Parece que si murió tras cuatro años es porque dejó de comer (google dixit, yo era muy chico entonces).

    De todas maneras podría haber sido buena idea dejársela a merced de la madre de alguna de las hijas que torturó y asesinó, a ver si se hacían amiguitas.

    ¿Misoginia, por cierto? ¿Me cree alguien capaz de eso?

    Comentario de Microalgo hace 2 años y 35 meses

  5. La Bathory duró cuatro años porque fue emparedada en sus aposentos, con lo que tenía cierto espacio vital para desenvolverse y le pasaban alimentos por el correspondiente ventanuco, hasta que decidió hacer una mortal huelga de hambre Y es que a pesar de sus crímenes, que creo todos los presentes calificaremos sin pestañear de execrables, igual que los de la Brinvilliers, el hecho de que fuera noble debió pesar para que no la descuartizaran o similar. Lo que nos lleva a otro problema que no es el caso desarrollar aquí, como es el contenido social del crimen y como a la hora de aplicar sentencias se mira el pedigrí.

    Lo que sí lamento es que alguien pueda ver mi post como una defensa de la asesina marquesa o una especie de alegato feminista a ultranza que no estaba en mi intención. Me atrapó la historia por sus evidentes giros melodramáticos y porqué me asombra que mientras otros asesinos menos rocambolescos son conocidos y el cine y la literatura los han explotado hasta el aburrimiento, esta historia con tantas posibilidades esté prácticamente inédita. Tenemos a una marquesa asesina, un padre riguroso, un marido pasota, un compinche alquimista-amante-chantajista, un amante cobarde y encubridor, dos reyes, una lacayo criminal, un misterioso italiano, La Bastilla, laboratorios diabólicos, cartas comprometedoras, sexo por un tubo, una detención en medio de una guerra, un proceso escandaloso y una ejecución sumaria con testigos de excepción como Pirot y Le Brun. Un magnífico plantel para un guionista que se precie. Por cierto, el libro donde Dumas contó esta historia fue publicado en castellano en 1992 y es difícil de encontrar. El que alguien no sea capaz de ver todo esto y oriente el post en una sola dirección ausente por otra parte de mis intenciones pues que quieren que les diga, la libertad interpretativa del lector siempre cuenta. A lo mejor la marquesa pensó que todos los hombres eran unos villanos que merecían morir-o no, pues también se cargó o se quiso cargar a mujeres- igual que algunos hombres piensan que las féminas son unas zorras sin remedio y que algo habrán hecho. Pero no se preocupen. La próxima vez que cuente una historia similar pondré en el título “guarra puta” y algunos se quedarán más tranquilos.

    Comentario de M.J. hace 2 años y 35 meses

  6. No era mi intención, tampoco, enfocar mi comentario hacia allá, Monsieur. Y reconozco el valor de encontrar una historia así de escondida (yo no había oído hablar de ella más que del proceso a Dreyfuss del que tanto se habla en la luenga obra de Proust, antes de leer esas tres mil páginas de tedio) (es decir: nada).

    Y si mira Monsieur el comienzo de mi segundo párrafo (las tres primeras palabras), se podrá hacer una idea del tono del primero. Así que no se me rebote, pardiez.

    Pero ya puestos... ¿Cree que si hubiera sido un hombre el asesino la historia se habría comentado tanto en su época?

    Respecto al término emparedar, no se aplica si existe alguna comunicación entre el emparedado y el exterior. Y o bien emparedaron un Mercadona entero con la Bathori, o no estaba emparedada. Y desde luego, como yo decía, NO fue ejecutada. Con lo cual tengo que darle la razón, Monsieur, en cuanto a que la calidad de la persona (entendida, claro, en sentido antiguo) influía mucho en el tipo de justicia administrada. En eso, ¿ve Usted? los jacobinos sí que "mochaban parejo".

    Comentario de Microalgo hace 2 años y 35 meses

  7. En la historia, como en el horno San Buenaventura, hay muchos tipos de emparedados. Está el clásico, al que se refiere Microalgo, el que tan bien se describe en la venganza de Don Mendo:

    MAGDALENA:
    "Por los males que me fizo
    pido a todos que ahora mesmo
    y aquí mesmo le empareden;
    y para escarnio y ejemplo,
    le dejen fuera una mano,
    la mano del brazo diestro."
    ...
    NUÑO:
    "Aprobado, sí aprobado.
    En esta boda no debe
    faltar ese emparedado".

    Pero también hay emparedados a los que se les pasa comida para que duren más tiempo, como a la condesa Bathori. De hecho llegó a ser una piadosa costumbre en la edad media el hacerse emparedar en vida voluntariamente para poder dedicarse de pleno a la oración.

    Comentario de Profesor Franz hace 2 años y 35 meses

  8. ¡¡Hombre, Profesor!!

    Qué de tiempo.

    No soy de esas personas que quieren llevar la razón a toda costa. Si no la llevo, lo reconozco y punto. Profundicemos, pues, en la cosa. Vamos a remitirnos al DRAE, si hace el favor...

    la primera acepción de "emparedar" nos rinde "Encerrar a alguien entre paredes, sin comunicación alguna". En ese caso, ni el paso de alimentos supongo que estaría permitido dentro de la acepción. Pero si buscamos "emparedado", además de la acepción gastronómica, nos aparece "Recluso por castigo, penitencia o propia voluntad", sin mención alguna al aislamiento completo o no. Y si aplicamos esto, tienen todos ustedes razón: podemos considerar a la loca hija de la gran puta de Bathori emparedada.

    Por cierto... ya recabo su opinión. ¿Les parece esa reclusión castigo suficiente por haber torturado a 650 niñas? ¿Qué habrían hecho Ustedes de haber sido los gobernantes de esa región?

    Comentario de Microalgo hace 2 años y 35 meses

  9. Con comida o sin comida, el caso es que la Bathory no escapó de rositas. En cuanto al castigo, me reitero en que seguramente fue su condición noble y no otra cosa la que le salvó de la ejecución. Y que por ello no se atrevieron a meterle mano hasta que los cadáveres fueron excesivos. Caso parecido al de Gilles de Rais, curioso personaje que merecería un post aparte, satanista, exterminador de jovencitos en orgías gays con misas negras y capitán de Juana de Arco (esta poco ejemplar compañía no impidió a la Doncella de Orleáns subir a los altares, por cierto). Cuando el número de sus víctimas sobrepasó los trescientos fue demasiado escandaloso incluso para el derecho de pernada de la nobleza medieval, lo que obligó a las autoridades a intervenir. Aunque Gilles si acabó en las manos del verdugo.

    En esto del derecho penal lo de la pena de muerte ya se sabe. Hay gente que la defiende como aviso a los navegantes y hay quien prefiere las cadenas perpetúas porqué se sufre más. Seguramente los cuatro años que la condesa sangrienta estuvo encerrada lo pasó peor que muerta, como evidencia el tremebundo plano final de “Ceremonia sangrienta”, la setentera película española que recuperaba la historia (y con una psicotrónica Lucía Bosé como la Bathory). ¿Qué hubiera hecho yo?. La habría declarado una psicópata de manual y la hubiese encerrado de por vida en un psiquiátrico llena de sedantes todo el día.

    Comentario de M.J. hace 2 años y 35 meses

  10. Anda. Tampoco sabía yo eso del Gilles de Rais. Es que hay cada elemento suelto por esas calles de Dios...

    Sin duda que el estatus (social o económico) influye, Monsieur. Incluso hoy día: el dinero que se gasta un estadounidense en su defensa es directamente proporcional a las probabilidades de quedar absuelto, de donde se deduce que si estás forradísimo (y la cosa no va con el fisco yankee: si es así la has cagado), tienes casi carta blanca para hacer el bandarra. Como aquél romano que se enteró de que la multa por abofetear a alguien era una moneda de oro, e iba por las calles de roma soltando sopapos mientras, detrás de él, un esclavo repartía las pertinentes monedas.

    Hombre, su puntito de humor tenía el hombre...

    Comentario de Microalgo hace 2 años y 35 meses

  11. Y ya que estamos cinéfilos y setenteros, les recuerdo que esta misma historia (o al menos un cachito de ella: la selección de las donantes de sangre, el baño de la condesa y su apresamiento) era la excusa para mostrar un ramillete de hermosas jóvenes desnudas en el tercero de los cuatro Cuentos Inmorales de Valerian Borowczyck y que, además, la malvada condesa era interpretada nada menos que por Paloma Picasso. Ah, los setenta...!

    Comentario de Profesor Franz hace 2 años y 35 meses

  12. Buen apunte el de Herr Professor. La verdad es que como se comprueba, el personaje de la Bathory atrae a pintorescas intérpretes. Tal vez las actrices de verdad no quieran manchar su reputación dando vida celuloidica a tan ínfame asesina.

    Y siguiendo con las relaciones Arte y Crimen, recordar que a Gilles de Rais se le llamaba Barba Azul por el peculiar colorido de sus pelos capilares. Charles Perrault se inspiró en él para su cuento homónimo sobre un asesino en serie que, eso sí, mataba a sus esposas en vez de a niños y adolescentes.

    Comentario de M.J. hace 2 años y 35 meses


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