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Monsieur Jacobine

La voz que clama desde "La montaña"

La hija del verdugo



Inés Sánchez nació en Granada a finales de los años 60. Disfrutó poco de sus padres. Su progenitor, Don Bernardo, se había casado con su madre tras enviudar y la engendró ya sexagenario. El destino hizo que su vida no fuese mucho más allá. Su esposa, aunque más joven, no tardó en seguirle a la tumba. Inés fue recogida por unas tías, hermanas de su madre. Pero algo extraño pasaba. Las mujeres nunca mencionaban a Don Bernardo. A veces le decían a la huérfana “eres más criminal que tu padre” cuando se enfadaban con ella, pero nunca aclaraban a que se referían. Lo peor es que su difunto padre había sido eliminado de las fotos familiares. Su furibundas tías habían cortado allí donde salía Don Bernardo, y sus recuerdos eran una colección de imágenes truncadas.

Sin embargo, Inés comprobó que en el Albaicín, barrio granadino donde vivía, su padre infundía respeto aún después de muerto. La gente de allí la trataba bien por ser hija de quien era. Sin embargo, una inquietante palabra se escapaba de vez en cuando: “verdugo, verdugo”. La niña no sabía que significaba, pero eso aumentaba su sensación de misterio sobre su ausente padre. Y ocurrió lo inevitable. Al crecer Inés exigió respuestas. A sus 17 años, sus tías decidieron que ya era hora de que supiese la verdad. La sentaron y le contaron que su padre, Don Bernardo, era verdugo, y su trabajo consistía en matar a los reos a los que los tribunales condenaban a la máxima pena. Y que la inquina que le tenían derivaba de que su primer cometido fue dar el pasaporte a un familiar suyo, y por tanto, de su madre. Para la chica fue un shock, pero su asombro aumentó al saber que había una extraña película donde salía su padre.

En 1972, el cineasta Basilio Martín Patino estaba de uñas contra el esclerotizado régimen franquista. Su película Canciones para después de una guerra había conseguido el dudoso honor de haber provocado la cólera de la mismísima eminencia gris de Franco, el almirante Carrero Blanco, que la hizo prohibir. Fue el colofón de una serie de desencuentros con la censura que le llevaron a tomar la decisión de trabajar clandestinamente. Como el mismo decía, las películas duran más que los dictadores. Tuvo toda la razón, aunque hubo que esperar a la democracia para que las joyas que rodó en secreto viesen la luz. Su primer proyecto en este sentido fue una película sobre los tres últimos verdugos en activo en España. Quiero que piensen un momento. Hablamos de un país de primeros de los 70 que era la novena potencia industrial de Europa, donde el 600 campaba por sus respetos, donde las suecas se bañaban en nuestras playas y en las que algunos de los habituales de este blog –incluyendo su titular- ya daban sus primeros pasos. Pues en ese ambiente de tan cacareada modernización había tres señores que aún estaban disponibles para dar garrote vil a quienes los jueces determinasen. Un trabajo de funcionario público cuya convocatoria salía en el BOE, como el de, pongamos por caso, los abogados del estado o los auxiliares administrativos de Torrelodones. Aunque ellos no tuvieron que pasar ningún examen, sólo echar la solicitud para la plaza de ejecutor de sentencias, que era el nombre oficial del verdugaje. La falta de candidatos posibilitaba esa flexibilidad al contratar. Cuando la película trabajaban ya poco. Los tribunales eran cada vez más reacios a emitir veredictos de muerte y el aumento de la agitación política y del terrorismo hizo que el franquismo confiase más en el tramo final de su existencia en la justicia militar y en el pelotón de fusilamiento. Su vida consistía en vaguear cobrando su sueldo hasta que llegasen los cada vez más espaciados telegramas del Ministerio de Justicia conminándoles a presentarse en determinada prisión para cumplir su macabro trabajo.

Don Bernardo era uno de estos ejecutores de sentencias. Martín Patino los estafó diciendo que la filmación era para una serie televisiva sobre oficios tradicionales. Al trío del garrote le tuvo que hacer ilusión salir con cesteros, toneleros, carpinteros de ribera y demás artesanos, sin preguntarse que igual lo suyo no tenía mucho que ver. El resultado es una película magistral, que nos retrotrae a una España vigente hace unas escasas tres décadas. Allí vemos a Don Bernardo, sujeto redicho, siempre bien trajeado, autor de poesías y filósofo al que gustaba reflexionar sobre su oficio. Era de misa dominical y profundamente religioso. En el film, con su estilo ampuloso, manifiesta su compasión por los que ajusticiaba, y su envidia por dejar este valle de lágrimas. Pero esta conmiseración no ocultaba su gran profesionalidad. Se cuenta que uno a los que agarrotó le golpeó con las tenazas de ajustar el macabro instrumento ante la comprensible poca colaboración del reo en estarse quietecito en su propia ejecución. Sus dos compañeros, mucho más primarios, se burlan de él toda la película. Los tres últimos verdugos son los que presiden estas líneas, aunque por desgracia Don Bernardo es el que tiene la cara tapada. No he hallado en San Google mejor foto.

Al saber la verdad, a Inés le obsesionó hallar esa película, que creo no lo dije antes, se llama Queridísimos verdugos. Con el tiempo logró contactar con Martín Patino y verla. Fue una revelación, sobre todo porque ella misma sale en un plano al final cuando era una niña de pocos años. Ese recuerdo no había quedado grabado en su memoria. La cosa era demasiado buena para desaprovecharla, así que alguien se le ocurrió la gran idea: ¿Porqué no filmar a Inés Sánchez contando su historia?. Al director no le hacía gracia retomar el tema, pero al final se dejó convencer. Realizó un breve documental de veinte minutos, A la sombra de La Alhambra, con declaraciones de Inés, ya convertida en una señora, mezcladas con fragmentos de Queridísimos verdugos. La hija del ejecutor de sentencias cuenta su vida, su extraña y sesgada relación con su difunto padre y su imposibilidad de condenarlo porque al fin y al cabo era su papá, por muy poco que lo tratase. Y también revela cosas jugosas. Como el que un juez, al enterarse de que Inés no tenía médico de la seguridad social, movió los hilos en recuerdo de su padre. O de que muchas personas que aún conservan en su memoria al verdugo granadino –tengan en cuenta que murió hace poco más de treinta años- le hayan abierto puertas. Un buen indicador de que ciertos monstruos siguen latentes en nuestra sociedad y pueden sacar las fauces cuando menos se espere. Aunque cosas como rajarse ante las huelgas de hambre de diversos sujetos no ayudan demasiado a controlarlos.

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Comentarios

  1. Deberíamos migrar de Bitácoras, Monsiuer. Llevo tres días intentando colgarle un comentario. Ya sé lo que sienten los que intentan colgar uno en mi blog, y la máquina perra ésta no les deja.

    Sigo asombrándome de las historias que encuentra Usted por ahí. Y bueno, me da la impresión de que Queridísimos Verdugos no está programada para su visionado en el cine del Corte Inglés en las próximas semanas... ¿tendremos, los seres humanos de a pie, ocasión de verla algún día? ¿Tal vez en algún festival de por acá cerca?

    Abrazotes.

    Comentario de Microalgo hace 2 años y 33 meses

  2. Recientemente la pasaron por televisión y conseguí verla de nuevo. De la primera vez recuerdo que me impresionó la escena de los tres verdugos en una bodega, rodeados de barricas y ya bastante achispados, explicando con ayuda del palo de una escoba cómo se colocaba al reo y cómo se giraba el manubrio. Pero ahora me quedaría con esa imagen, ya cerca del final, de Don Bernardo alucinado bailando en una cueva del Sacromonte. Una película que es toda ella un cuadro de Solana; habría que verla cada año.

    Comentario de Profesor Franz hace 2 años y 33 meses

  3. Jó. Pues en mi videoclub no la tienen. Me ofrecen a cambio La Sirenita. No sé si valdrá de recambio.

    Comentario de Microalgo hace 2 años y 33 meses

  4. Oiga, cuánta enjundia puede encerrar una Miércoles Adams cañí...

    Comentario de hermanastra hace 2 años y 33 meses


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