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Monsieur Jacobine

La voz que clama desde "La montaña"

Hoteles



La actividad festivalera a la que M.J. se dedica en los últimos tiempos hace que viaje con cierta frecuencia. Concretamente, en estas últimas semanas ha estado en Madrid –si bien a efectos de huída carnavalera-, Pamplona y Málaga. Eso hace que haya podido disfrutar de ese maravilloso invento de la sociedad del ocio que son los hoteles. Variados pero uniformes en su deseo de hacer que te sientas como en casa. Claro que eso es un error de planteamiento. Precisamente muchos acudirán a ellos para durante unos días para escapar de lo cotidiano.

El internet le ha quitado misterio a reservar habitación en un hotel. Ahora, hasta los hostales tipo Doña Manolita tienen su web donde te indican como llegar, un plano de situación, el listado de los servicios y fotos de las habitaciones. Se acabó el preguntar con la maletita donde está el hotel tal a un paisano que ves al salir de la estación o el aeropuerto. Pero si existe la sorpresa al ver la fachada, pues siempre las fotos son más bonitas que la realidad. El portal es más pequeño y hábilmente los edificios semiderruidos que hay alrededor no figuran. Uno cree en internet que el hotel es como un baluarte solitario en la ciudad, y de repente se lo topa incardinado en su entorno urbano, sin que a veces tenga especial relevancia. A continuación, viene el rito de acercarse al mostrador, decir que tienes una reserva y dar tu DNI. Es un buen momento para testar el nivel de amabilidad del personal del hotel, si es natural o si está perfectamente estudiada. En el de Madrid un sujeto con más aspecto de guardia civil que de recepcionista me espetó un “aquí tiene su llave, pero sólo alojamiento ¿EH?” con tono amenazador. Me dieron ganas de responderle que era perfectamente consciente de que mi reserva no incluía el desayuno puesto que myself lo había solicitado así, pero bueno, lo dejé correr. Creo que este hombre llevaba demasiado tiempo en el oficio. Una noche que esperaba el ascensor para subir a la habitación llamaron al teléfono de recepción. “¡Otra vez el teléfono, que nochecita me está dando!”, se quejó antes de descolgar y responder con voz tensa a la consulta de un cliente sobre el horario del desayuno.

En cambio en Pamplona era todo lo contrario. El hotel es como un superviviente, pues aún no ha sido globalizado y no caído como todos en manos de una gran cadena que lo ha convertido en una sucursal. Eso hace que tenga un muy agradable tono familiar y una amabilidad natural muy reconfortante. De hecho, como te descuides te ves hablando con los de recepción totalmente desinhibido. Incluso ocurrió que uno de los recepcionistas me usó de correo para llevar un mensaje a una de las de la organización del festival. En ningún momento pensó que era un abuso a un cliente y el cliente no pensó que era un abuso hacia su persona, síntoma de la camaradería que se crea en el establecimiento. El hotel pamplonica está perfectamente imbricado en su entorno. Tiene una cafetería que es usada por los del barrio (se halla en el límite del casco viejo iruñés) para tomar algo y para ver los partidos del Osasuna –que por cierto, significa salud en euskera- haciendo peña. A mi me cogieron dos partidos del equipo local, uno de liga y otro de copa del rey, creo, y en ambos estaba empetado el establecimiento. Recuerdo que el año pasado, en ese mismo hotel, en mi primer desplazamiento festivalero a Pamplona, daban casualmente el Cádiz Osasuna, y allí estaba yo con una gente tomando un café. Marcó primero el equipo amarillo, parafraseando las crónicas deportivas, pero luego le metieron tres. Sin embargo el gol del equipooooo cadistaaaaa lo vi en vivo en territorio hostil. Menos mal que no soy futbolero, en caso contrario mi integridad podría haber corrido peligro.

El de Málaga, en cambio, era la síntesis entre los dos modelos anteriores. Una cortesía perfectamente versallesca aprendida en alguna escuela de relaciones públicas donde sin duda sacaron buenas notas en atención al cliente. Afabilidad profesional y distancia olímpica ante alguien que estará con ellos unos días y luego desaparecerá. Tal vez este modelo de recepcionista sea el que mejor sabe de que va el tema de la provisionalidad de los hoteles, centros de paso y no para quedarse. A no ser que aparezca un Nabokov que decida plantar sus lolíticos reales en uno de ellos. Claro que mejor que un escritor egocéntrico que un Al Capone, que también usó un hotel de cuartel general y residencia. Y eso que intentan engañarte. Cuando entras en la habitación están los retretes precintados –en el de Málaga, también lo estaba el rollo de papel higiénico-, la cama perfectamente hecha, todo limpio. Tienes la sensación de que todo está nuevo para ti. Nadie de los que te precedieron en ese cuarto ha dejado rastro. Te das cuenta que tu también harás lo mismo, llegado tu día de salida te esfumarás y cualquier cosa que dejes detrás de ti será depurada por el implacable servicio de limpieza, para que tu sucesor en la habitación tenga esa misma sensación de que todo está hecho exclusivamente para él. Es una metáfora de la vida. Te irás y otros ocuparan el sitio que has utilizado.

Y ciertamente es sorprendente lo rápido que olvidas el hotel una vez cruzas la puerta y sales hacía tu entorno habitual. Cuando llegas a la habitación la estudias. Posición de las camas, calidad del cuarto de baño, ventanas, etc. Si siempre vas sólo como es mi caso, seguro te dan un cuarto interior sin vistas a la calle. Bueno, mejor, así hay menos jaleo por la noche. Hay dos cosas muy decepcionantes. Una, que nunca te aclaras con los interruptores de la luz y te ves dándole varias veces todas las noches hasta conseguir apagarlo todo. Otra, la ducha, que cuando le coges el tranquillo de que el agua salga a tu gusto es el último día de tu estancia. Cuando te despiertas por las mañanas y ves que la luz del sol viene de un ángulo distinto del de tu casa, te inquietas, hasta que caes que no estas en tu habitación habitual. Aunque lo peor es la luz eléctrica del pasillo que se filtra bajo la puerta de tu habitación durante las noches, creando un inquietante efecto algo presidiario. Entre sueños a veces oyes el ruido de los trasnochadores que a veces no se cortan un pelo en hablar alto a las tantas, y piensas en tu bruma que como están los vecinos, con lo formales que parecen a horas cristianas en el ascensor, hasta que caes en que no son los habituales, sino unos como tú y estas en un hotel. Pero luego piensas que después de todo esos viajeros son tan extraños a ti como los que viven puerta con puerta en tu habitáculo habitual, con los que puedes convivir años y no saber nada de su vida. En las mañanas oyes una batería de teléfonos sonar en la planta con la regularidad de los toques de campana de las iglesias, cada quince minutos, y te preguntas cuando queda para que llegué el tuyo, el de la hora que tu dijiste que te llamasen para despertarte del todo.

Claro que las tecnologías modernas hacen que esta sensación de alteridad se reduzca. El teléfono móvil te conecta con quien sea, con lo que los hoteles han perdido uno de sus negocios con las llamadas, y el wifi hace que te puedas llevar tu ordenador y mirar tus correos, tus páginas, oír tus cds, etc. Pobres hoteles sacudidos por la revolución tecnológica. Ya habían instalado PCs con internet para consulta de los clientes y se han visto obligados en poco tiempo a montar las conexiones inalámbricas. Es especialmente sangrante en los viejos establecimientos que marcaron època, que pierden con tanta ingeniería burguesa el aire señorial de ocio de ricos. Como los nuevos medios de transporte, los hoteles ya no están pensados principalmente para el esparcimiento, sino para acoger a ejecutivos estresados que no pueden perder ni un minuto.

Supongo que seguiré siendo usuario de hoteles en el futuro y seguiré disfrutando de los pequeños detalles que comporta ser su huésped. Entre ellos, el asombro del esmero que ponen algunos en cuidarnos como si no fuesen conscientes de que después de todo son monumentos a la fugacidad de nuestra vida. Eso sí, al revés que nuestras aleatorias existencias, ellos se pueden contratar por agencia detallando sus servicios.

Referencias

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Comentarios

  1. Sí que se han inhumanizado un poco los hoteles últimamente. O todo lo contrario. El último hostal madrileño en el que estuve, en el que compartí mi habitación con mi amiga la poeta broncoperjudicada, era profundamente cutre. Por cierto, que me corté afeitándome y dejé la almohada llenita de sangre. No sé qué pensaría el personal acerca de lo que hicimos durnate toda la noche...

    Sin embargo, yo sí recuerdo hoteles. Sobre todo los de mi infancia, porque me asombraba la pulcritud o la supuesta magnificencia de las habitaciones (de pequeño todo le sorprende a uno: qué pena haber sustituido el sorprenderse uno con el que las cosas te pillen de sorpresa... que no es igual).

    Comentario de Microalgo hace 2 años y 32 meses

  2. ¿Nunca ha estado Monsieur en algún B&B de Guirilandia? Son un universo aparte. Las buenas matronas del otro lado del canal compensan el síndrome del nido vacío reformando el hogar y convirtiéndolo en un trasunto de pequeño hotel con encanto. Hay algunos terroríficos. Y otros realmente fantásticos. En todos tiene uno sensación de mirón porque duerme y se pasea por los dominios de una familia que, durante un par de noches, le cede su territorio -y allí ves las fotos de la boda, las de los niños, las de la graduación, los juguetes por el suelo, el marido te invita una copa cuando ve las noticias de la noche, etc etc-.
    Lo curioso es ver cómo, en la mayor parte de los casos, es la mujer la que lleva la voz cantante mientras que los maridos se limitan a jugar a comparsas del asuntos. Los pobres tienen bien asignados sus temas y no se salen de ellos: sacar el mapa local y aconsejar sobre las pertinentes rutas, ayudar en el desayuno mañanero -los ves tan monos, con su delantal, friendo bacon y huevos- e incluso ir a recoger a los huéspedes. Y ellas, por supuesto, se encargan de todo lo demás: contacto y reservas, bienvenidas y despedidas, cobros y mantenimiento de las habitaciones.
    En fin, lo dicho. Todo un mundo.

    Comentario de hermanastra hace 2 años y 32 meses

  3. La clave está en encontrarse como en casa, pero no como en la propia casa. Jejejeje

    Comentario de lanavajaenelojo hace 2 años y 32 meses

  4. Confirmo todo lo que cuenta nuestra hermanastra sobre el reparto de papeles en los Bed & Breakfast británicos, aunque la fidelidad conyugal no sea últimamente un valor en alza. Como pudimos comprobar en nuestro reciente viaje a Cornualles: reservamos habitación en un hotelito regentado por unos tales Julie y John, pero cuando llegamos allí el que gozaba en ese momento de los favores de Julie se llamaba Brad.

    Comentario de Profesor Franz hace 2 años y 32 meses

  5. Hombre, profesor!

    Un gustazo "verlo" de nuevo por acá.

    Comentario de Microalgo hace 2 años y 32 meses

  6. Ciudadana Hermanastra, el modelo de B&B se está importando. Un matrimonio amigo mío que usted conoce se ha pasado el puente de Semana Santa en algo parecido que una pareja guiri francoirlandesa ha montado en un pueblo de la serranía malagueña. Decían que lo peor es que la hora del desayuno estaba limitada para que todos los huéspedes, había cinco habitaciones disponibles, para que pudiesen todos hacerlo a la vez. Pero coincido es que es tan inquietante el dejar que una panda de desconocidos ande por tu casa como meterte en un hogar del que no sabes nada.

    Herr Professor (que aunque no participe mucho siempre es una presencia latente e inspiradora de este discontinuo blog), eso es lo que pasa por dar cobijo a tanta pareja no sacramentada por la católica y romana y quien sabe si muchas veces adúlteros que no quieren usar los más indiscretos hoteles. Todo se pega, máxime alojando a tanto latino de sangre caliente.

    Y saludo a la buñueliana Navaja en el ojo, que hace tiempo no pasaba por aquí.

    Comentario de M.J. hace 2 años y 32 meses

  7. Nota: en el anterior párrafo, el confuso pasaje del desayuno (cosas de teclear demasiado rápido) debería ser algo así como

    "Decían que lo peor es que la hora del desayuno estaba limitada para que todos los huéspedes -había cinco habitaciones disponibles- pudiesen comer a la vez."

    Aclarado queda

    Comentario de M.J. hace 2 años y 32 meses


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