Berlín y los jueces
Monsieur Jacobine - 03-08-2007 20:37:55 | Categoria: Historiadas

Federico II El Grande, rey de Prusia entre 1740 y 1786 fue uno de los personajes más contradictorios de la Historia. Hijo del duro Federico I, llamado el rey sargento, un tipo patibulario que sólo pensaba en clave militar, no podía ser más distinto a su padre, al menos en apariencia. El rey sargento fue el que puso en las lenguas del mundo el dicho “disciplina prusiana”, pues convirtió su estado, un arenal arramblado en la costa báltica, en una potencia europea a tener en cuenta. Y ello montando un ejército al lado del cual los legionarios españoles o los marines americanos parecen una ONG.
Pero en una cosa casi freudiana de oposición al padre, el futuro Federico II prefería las artes y las letras a marcar el paso de la oca, ante la desesperación del rey, que quería que le sucediera otro sargento mayor como él. El príncipe gastaba su tiempo en tocar la flauta y cartearse con los filósofos de la Ilustración francesa en vez de aprender las malas artes de la guerra. Lo peor vino cuando a sus tiernos 18 años, harto ya de su destino, se fugó con un teniente de la guardia. No fueron muy lejos y el rey sargento hizo decapitar ante su heredero a su compañero de escapada, que fue algo más que amistosa. Federico I se pensó muy seriamente desheredar a su cultureta hijo, pues dejar su valioso y querido ejército a un homosexual era demasiado. Pero al final se impusieron las leyes de sucesión.
Cuando Federico II llegó al trono en 1740, una ola de burlas recorrió las cortes europeas. Su tendencia sexual y sus gustos artísticos no eran las mejores tarjetas de presentación ante sus primos coronados. Pero ocurrió como en esas historias donde el hijo de un noble que se ha pasado la vida cuidando ovejas inconsciente de su linaje resulta ser un gran guerrero porque lo lleva en los genes. Pronto se reveló como un genio militar que tuvo en jaque a las potencias continentales. Algunas de sus batallas siguen estudiándose en las academias militares. En su tumba el rey sargento tuvo que reconciliarse con un hijo que le dio tantos disgustos.
Se cuenta una historia sobre él. Federico II quiso ampliar su palacio de Sans Souci y ordenó a su gente que investigase si los terrenos colindantes tenían dueño. Le dijeron que sí, que eran de un molinero del lugar. Convertido en un recalificador prematuro, el monarca prusiano dispuso que los comprasen, pero el hombre se negó. Asombrado, Federico aumentó la oferta, pero el molinero que nones. Preguntó a los agentes que estaban negociando la transacción si el buen súbdito era consciente de quien era el comprador. Le dijeron que sí, pero que nada. El rey los envió con una última oferta, pero volvieron de vacío. Era ya hora de que un paradigma de la monarquía absoluta del siglo XVIII se implicará personalmente en el tema. El que un modesto molinero frenase las apetencias de un hombre que había humillado a los mejores ejércitos de la época daba mala imagen del dueño de Prusia. Así que fue a hablar con él personalmente. Le insistió en su interés, pero el dueño de las codiciadas tierras siguió negándose a cederlas. Federico perdió los papeles y empezó a insultarle y a amenazarlo con encarcelarle, con hacerle perder sus posesiones y demás horrores propios de la época. El molinero respondió tranquilamente: “Majestad, os recuerdo que en Berlín aún hay jueces”.
Hoy leyendo la prensa local se me ha venido a la cabeza esta anécdota, probablemente apócrifa. La leí en algún sitio y no la he vuelto a ver por ningún lado, pero si no e vero e bien trovatto. Todo a raíz de las polémicas estériles entre diversas administraciones que gestionan nuestra vida. Que si alguien quiere construir un teatro donde existe un yacimiento arqueológico de interes, y otros dicen que no, que por encima de su cadáver, que si acusan a cierta tele municipal de ser más propia de la era stalinista que de un país democrático, a lo que sus responsables responden que miren la viga de la tele autonómica, etc. Afortunadamente, ante esta clase política, en algún lugar siguen existiendo jueces.
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A mí me parece que la separación entre poder judicial y legislativo (siempre teórica, pero así establecida) es uno de los pilares de la civilización occidental (por supuesto, es una locura mezclar estos anteriores con el ejecutivo). Recuerdo un comentario del felizmente fallecido Antofagasto Panocho, que decía, sorprendido, que no se explicaba cómo el gobierno español había permitido al juez Garzón llegar tan lejos (en su persecución de la humilde persona del dictador), sin caer en la cuenta de que esa no separación de poderes es lo que define a las dictaduras bananeras, pandereteras o nitrateras.
Magnífica historia. Pobrecito teniente de la guardia prusiana, por otro lado.Comentario de Microalgo hace 2 años y 28 meses
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¿Se ha fijado en el historial de su blog, Monsieur? El mío está igual.
Sacrebleu.Comentario de Microalgo hace 2 años y 28 meses